Chamacuero, Gto.
(También llamado Comonfort, Gto.)
Conversaciones
Esta sección, nueva por si alguien lo ha notado, surge a raiz del proyecto, muy aplazado, de elaborar un libro con testimonios de personas que han vivido por mucho tiempo en nuestro municipio. He recabado varios de esos testimonios, fruto de interesantísimas y amenas charlas con memoriosas personas, pero la posibilidad de concretar todo en un libro presenta dificultades que, en las circunstancias presentes,  me parecen insalvables.  Una forma, no poco relevante de corresponder a la generosidad de los entrevistados, es colocar sus testimonios en esta página, una vez que hemos creado un apartado para sus Conversaciones.   Nunca podré agradecer suficientemente a todos los entrevistados por compartirnos sus vivencias, sus opiniones y sus recuerdos. Yo estoy plenamente convencido de la importancia que sus palabras tienen para todos nosotros.  La posibilidad de reunir estos materiales en un libro impreso no queda del todo descartado; más aún, si usted, amable lector, tiene la sugerencia de algún memorioso creame que me dará mucho gusto acudir a platicar con él (o ella) en parte porque a la mayoría de las personas mayores les agrada charlar y compartir sus recuerdos.
En esta primer artículo de nuestra sección "Conversaciones", transcribimos la entrevista a la Sra. Raquél Moreno Barrón quien, aunque la entrevista es de 2017, este 17 de mayo cumplió 90 años.
Como siempre en estos casos, he suprimido mis preguntas y las indispensables observaciones o aclaraciones las coloco entre corchetes  [ ].



 
Soy Raquel Moreno Barrón, nací aquí en Comonfort, el 17 de mayo de 1929, en Iturbide No. 7, soy indígena de aquí. Cuando era niña había muchos juegos inocentes y bonitos, aunque mucho rato debía cuidar a mis hermanos, porque yo fui la mayor, fui en realidad la tercera, pero se murieron los dos primeros. Mi mamá, de algún modo, me los encargó a todos. Éramos siete hermanos nada más,  en la mañana tenía que atenderlos, darles de desayunar e irme a la escuela, y después que regresaba a bañarlos y arreglar todo, pero para esto en la tarde… (esa esquina da testigo de mi juventud) me entretenía con la matatena, con las caniquitas, ahí me venía a sentar porque la banqueta era grande. Ya cuando estaban más grandecitos nos íbamos allá a jugar, que formábamos un conjunto para una reina, que a los muchachos los metíamos en una llanta y les dábamos vueltas. Luego hacíamos nuestra tiendita, ¿qué vendíamos en esa tiendita? Esas bolitas negras que da el Paraíso eran "aguacates"; las ramas del mezquite las limpiábamos, era el "arroz"; había unas cercas con un nopalillo que era muy espinudo, eran los "nopalitos"; aquí en la esquina había una piedra, ahí era el molinito, le echábamos agua con tierra. Total  que así formábamos nuestro changarro. Ya más grandecitas, como nuestras vecinas tenía carnicería, a escondidas del papá, sacaban unos sesos, unas tripas, no faltaba qué, para nuestras comiditas, a mi mamá le pedíamos  otras cosas y nos daba lo que pedíamos. Juntábamos a los vecinos de aquí con las comiditas, que sopita de fideo y otras cosas que podíamos hacer. Pero esa sí era comida que, jugando, jugando,  podía comerse. Eso cuando ya estábamos un poco más grandecitos. Jugábamos a la roña, al júntate con dos, al arranca cebollas, todos esos juegos.  Las más grandecillas íbamos con la Sra. Berta y siempre nos daba una ollita con leche,  ¿para qué la queríamos? Para nuestras comiditas; luego íbamos con mi papá que estaba jugando en la plaza de toros, ahí se metían a jugar al dominó, a la baraja, con el Sr. Ortega. Les pedíamos caridad, nos daba un centavo uno, otro centavo otro y con eso ya comprábamos nuestros fideos y hacíamos las comiditas. Juntábamos a todos los vecinos de por aquí, en realidad éramos pura familia: mis tíos, los tíos de las Téllez, las muchachas Téllez, Berta y Consuelo, María Barrón y su hermano Francisco, Adolfo Téllez, mis hermanos y otros primos, tampoco éramos tantos.

En esos tiempos había una escuelita que estaba frente a la tienda de Benjamín, donde estaba una señora que vivía nada más con un hijo, ella se llamaba Chonita, ahí nos enseñaban cosas muy sencillas, muy elementales, pero nos atendían muy bien, nos trataban muy bien, es que, mi papá era amigo de toda la gente. Ya después de ahí me pasé a la Manuela Taboada, ahí estudiamos, mis hermanos y yo, por cierto,  estaba también Toño González, su hermano Héctor, el Rojo, María y Raquel Elías, Lupe Leal, Trini Ibarra; fuimos los que inauguramos la Banda de Guerra.  Alguna vez le pregunté al Rojo por qué se juntaba con nosotros, me dijo que era del 31; yo lo hacía más chiquillo. De los Maestros que recuerdo de aquella época: Felicitas García, Macario Valadez, Vicente Buenrostro; de otros no recuerdo sus apellidos, había una maestra Victoria, Carmen; Virginia y Jesusita que eran Madre e hija; Virginia se dedicaba a la tiendita y Jesusita a la Cocina. También estaba Angelina Olalde que, por cierto, en su época creo que fue novia de mi papá; el día de su santo de mi papá siempre me fabricaba algún regalo para que yo se lo presentara a él  (es que no siempre se acuerdan, me decía). La última vez me pidió un retrato de él y se lo puso en un cuadro, fue un trabajo que tuve que presentar.
Los maestros de entonces eran muy estrictos y muy correctos. Por ejemplo: el Sr. Macario Valadez, Dios lo librara  a un niño que le hiciera algo o molestara a las niñas. Por cierto que una vez me hizo pasar una vergüenza…   Era director y era maestro. Yo tenía  un primo que se llamaba Fausto Moreno Barrón (coincidían los apellidos): un señor que vino de México se casó con una prima de mi mamá.  Yo sí iba a su casa de fausto y nos tratábamos, pero no me gustaba llevarme con ellos, porque había otros niños que sí eran agresivos, comienza uno a hablarles y se quieren llevar.  Total que el maestro dijo un día:
-A ver, Raquel y Fausto, se me ponen de pie.
"Dios mío, ¿qué hice yo?", pensé. Tenía mucho miedo de que le enviaran una queja a mi papá, porque yo respetaba mucho a mis padres, "¿Qué haría yo?" Me preguntaba, angustiada. Y ahí estábamos de pie:
-¿Qué ustedes son hermanos?
Y Fausto se quedó congelado. Yo le tuve que contestar:
-No, señor director, no somos hermanos, somos primos.
-¿Por qué son primos?- Le contesté:
-Coincidencias, porque su Papá de él es de México; mi papá es de aquí de Comonfort. Y las mamás son primas hermanas, hijas de dos hermanos. Mi mamá, por ejemplo es hija de Antonio Barrón que era hermano de Juan Barrón [el constituyente], y la mamá de Fausto se llamaba María y era hija de otro hermano llamado Miguel. Y coincidieron los apellidos pero no somos hermanos.
-Está bien, siéntense.
Y ya me sentí aliviada, por qué de pronto así nomás: Párate, uno piensa: ¿Qué cosa haría? Y me dio mucha pena, como cuando los exámenes. Porque antes  iban los papás y los sinodales y preguntaban. Y ahí sí, como decía mi papá, se iba la sangre al rostro. Me acuerdo que los trabajos manuales se presentaban con todo y sinodal, aunque eran cosas sencillas, por ejemplo: para el diez de mayo, Jesusita que era la de la tienda, nos hacía una gelatina, galletas y todo eso lo apuntaban en el expediente, era muy bien llevado todo, muy organizado.  Ese director tenía por costumbre ponernos en círculo y nos iba haciendo una pregunta, si los tres primeros no contestaban iba bajando la nota, el primero era 100 el otro 95 y así. Era muy estricto pero muy buena gente, muy buen director. Otro maestro viejito también era muy buena persona, muy atento, pero es que nosotros sabíamos respetar también. Otra vez me hizo pasar otra vergüenza ese director Macario. Como yo era de las más larguchas me tocaba atrás. Compartía pupitre con  una  muchacha que se llamaba Victoria que, como su papá trabajaba en las vías, lo cambiaron y la muchacha se fue.  Me tocó sentarme con una muchacha Emilia, que tenía una boca…  y ese día el Director me dijo:
-A ver, Raquel, agarra usted todos sus útiles y se me pone aquí enfrente -Dios mío, sentía que los pies me flaqueaban-.  Y párese aquí.
Y yo no sabía ni qué hacer con mi montoncito de libros y todo. Me la hizo de emoción, me dijo:
-Se me va a pasar para acá adelante, ¿qué usted no ha oído un adagio que dice que el que con lobos se junta a aullar se enseña?
Sentí muy feo, y más feo sintió Emilia. Se puso a rezongar: viejo jijo, viejo l'otro;  puras insolencias, no las decía recio pero sí la oyeron los muchachos alrededor y agarró sus cosas diciendo:
-No vuelvo.
Pos luego, luego pasó un chismoso y le contó al director que me dijo:
-A ver, Raquel, ¿que ya no va a venir usted a la escuela?
-Sí, ¿por qué?
-Pues ésta va a ser su tarea. Y me agregó algunas cosas de tarea.
Con esas dos cosas me hizo pasar vergüenza. Pues todos se me quedaron viendo, siendo que yo no me llevaba con nadie, no me gustó que me haya parado ahí.

Sí, me tocó estrenar esa escuela y era muy bonita. Cuando era la fiesta de los Remedios, en la escuela se hacía la exposición en esos días y hasta abrían las puertas para que la gente viera los trabajos que se hacían.  Siempre ha habido mucha gente en la fiesta, ya desde entonces se usaban los juegos mecánicos, los caballitos, la ola, las sillas voladoras y la rueda de la fortuna, nada más esos había y los caballitos no eran de los que suben y bajan, eran los otros que nada más dan vuelta. Que por cierto, había unas personas que les gustaba mucho ir a bailar a los caballitos, lo hacían para divertir a la gente que se los pedía.  De las danzas, siempre ha habido la de la sonaja de los muchachos, esa sí es antigua; la de la sonaja de las muchachas no; había la que le decían de los compadres, que era la de los penachos. Lo que existían eran las competencias de músicas, por ejemplo el día jueves, para amanecer el viernes. Decía mi mamá que a su papá le gustaba mucho ir, porque acababan hasta en pleito, que lo hacían en grande. Ahí estaban tomando sus ponches o sus tés. No sé cómo sería la competencia, a mí nada más me platicaban, yo nunca fui, no me tocó. Sacando cuentas: la mamá de mi papá murió en el 31, entonces hablamos de mucho más atrás. La cantinita, la única que estaba por ahí, que vendía ponches, le llamaban cuatro vientos. Se ponía cercana a la estación, era un puesto. Los juegos mecánicos por ahí se regaban. Había puestecitos de limas, chucherías o cosas de la región. Pero estaba bien, muy tranquilo. Entonces había una costumbre: cada que iba a entrar una danza repicaban, tronaban muchos cohetes, hacían fiestecita, pues, para recibir a la danza. A una tía mía le gustaba mucho ir a ver las danzas, nos invitaba y tostaba un montón de cacahuates y semillas; para no andar comprando allá, decía, y nos llevaba a toda la bola de sobrinos, eran cosas muy bonitas.
La plaza de toros, que mencioné hace rato, era de un hermano de mi papá y mi papá la administraba. Sí vinieron varias veces toreros de cierta fama. La plaza de toros estaba en la esquina de  Guadalupe Victoria con Juárez, abarcaba la casa de Plácido Santana, la de Pepe, el carnicero, hasta la esquina, donde estaba la casa de Juan Bárcenas que era carpintero y  hacía cajas de muerto; todo eso abarcaba la plaza, lindaba con las casitas hacia la calle Iturbide. Era muy grande.  Y sí, había corridas de toros, jaripeos y se llenaba. ¿Por qué desapareció?  Mi papá administraba el negocio. Ahí había, además, cultivos: parcelas de lima,  granada, alfalfa, maíz y el pedazo donde estaba el redondel y los corrales de los toros.  Un día su hermano de mi papá le dijo:
-Fíjate Pablo  que ya Manolo, mi hijo,  se va a hacer cargo de la plaza.
-Perfecto, es tuya, aquí están tus llaves -le contestó mi padre.
Pues Manolo tumbó la planta de todo lo que había. Hasta la leña regaló, se quedó todo limpio, estuvo pagando impuestos y mejor la vendió; se la vendió al señor Antonio Lindero que vivía enfrente, papá de josefina. É la fraccionó. Todavía entre los lotes que se dividieron alguien tiene por ahí un pedazo de lo que era la plaza. Después mi tía le reclamaba:
-Dame algo, tú te ganaste mucho,
-Tú me vendiste -le decía-, tú te creíste de tu hijo Manuel, si mi compadre Pablo te estaba dando tu dinero y todo lo que sacaba, de la renta de los toros y de todo; todo lo perdiste. 
Y así fue. Perdió todo. Mi papá le decía:
-¿Qué pasó? ¿Te robaba yo? Todo era de ustedes, mío no era nada.

Esa era la plaza de toros. Por cierto una vez, ay, cómo fue de gente, nos sacaban de reinas, estábamos jovencillas de a tiro, ahí va que la reina a la plaza de toros y nada más íbamos así, no íbamos vestidas de reinas, nos sacaban en un convertible. Iba Carmela Carracedo, ya después yo conviví con ella.

Por aquellos años, hablamos de los cuarenta, estaba de moda una torera llamada Conchita Cintrón; Pues va usted a creer que trajeron a una y le pusieron:  "Cachita Cinturón" y esa pobre se trozó la mano, pues no era torera y todos creyendo que era Conchita Cintrón y no leía bien que decía "Cachita Cinturón". Se llenó la plaza y vieron a ver a una que ni torear sabía.

Mi papá fue empleado del gobierno toda la vida, desde los catorce años hasta que falleció a los sesenta años, se llamaba Pablo Moreno Amador. Esta casa no era parte de la casa en que nací, esta casa era de un señor que la vendió a los Papás de Juan Sánchez, que era carpintero,  él, posteriormente, fue el que nos vendió.

Por cierto que mi Papá sí conocía a mucho a sus tíos de usted, a su abuelito, a su mamá, a todos cuando el teatro, que era la  diversión del pueblo, porque aquí el pueblo siempre ha estado muy triste, sin nada. La alegría era cuando venía la familia Navarro. Cuando venían, a veces rentaban al otro lado de nosotros. Mi papá los conocía porque trabajó toda la vida en la presidencia, él fue secretario municipal, secretario particular, síndico, delegado en Santa Cruz de Juventino Rosas, delegado en Empalme Escobedo. Cuando murió estaba de secretario en el juzgado municipal, estaba con el sr. Ortega, que era el juez. Yo ya estaba casada para entonces pero mi papá  me tenía mucha confianza, me daba la llave del juzgado y me encargaba que le trajera algún papel o algún dinero que ya sabía yo donde lo guardaba. Murió como a las tres de la tarde y yo lo primero que hice fue tomar la llave y se la lleve a don Pepe Ortega, le dije:  "Mi papá acaba de morir, aquí está la llave". Esto para que no hubiera ninguna situación de ningún tipo. Murió el 18 de mayo de 1960, de sesenta años y mi mamá murió al año y medio, el 20 de enero de 1962.  Luego vienen a verme y me preguntan fechas de sus parientes y  la gente cree que ya no me acuerdo de muchas cosas, pero sí me acuerdo, bendito Dios. Algunas cosas no se me olvidan pero otras sí.

Por cierto que a mi papá también le gustó mucho el teatro, él salió mucho de algún papel, mi tía Lupe también, en fiestas hacían algún sainete, algún drama. En la misma plaza de toros llegaron a montar alguna obra, a mí no me gustaba andar en esos argüendes pero mi papá nos ponía un papel; algo sencillo. También participaba Carmela Carracedo, que era más grande que yo, pero también ahí conviví con ella. Porque estuvimos después en la Taboada, ya habíamos terminado la escuela y nos llamaban para que saliéramos, estaba Tere Macías, Celia Macías, Gabina, no me acuerdo su apellido, Rosita Pérez.  Por ahí tenía una foto de la última vez que salimos que, por cierto, entonces una mujer no se ponía pantalones y nos sacaron con pantalón negro, camisa blanca, sombrerito de aro plateado. Habíamos conseguido los pantalones con los muchachos que había acá. No pues salimos a quitarnos los pantalones, corrimos, que nos iban a retratar, no quisimos, no estábamos acostumbradas a andar de pantalones.  [Suspira] era muy bonito todo entonces.

Yo me casé en el año de 1949, o 48. Tuve, hasta me da pena decirlo, como 18 hijos, pero se morían chiquitos. Me quedaron once nada más y hace unos años se murió Lupe, el que se murió ya grande, que era maestro. Fue un montón de gente a enterrarlo, hasta el señor cura dijo que si era un sacerdote que había tanta gente. No, era un maestro que sabía respetar mucho a la gente.
La tienda, esta tienda, tiene su historia: Una vez Alba y Antonio, mis hijos, fueron a comprar unas manzanitas agrias, que venden con chile. Les dieron una bolsa por lo que pagaron, no sé, habrán sido dos pesos. Entonces dijeron: "Vamos a vender las manzanitas" y las pusieron, a la entrada de la casa,  en una mesa chaparrita que mi hermano Guillermo, el carpintero, le había hecho a Alba para sus juguetes. Pues va a creer que sí las vendieron. Se fueron a comprar más y llegó mi marido:
-¿Y ahora? -le platiqué, le dio risa y se metió a comer, dijo:- Estos están locos.
Pues ya cuando acordamos compraron un paquete de cigarros faros y otras cosas.
-Bueno, ¿qué de veras quieren tienda?, -estaban chiquillos.
-Sí, sí, papá, sí la queremos.
Como trabajaba en el correo, consiguió un préstamo, les puso la tienda y estábamos muy bien, muy bien que nos fue.

Nada más que resulta que después sucedió lo siguiente. Un señor que se llamaba Jesús Olalde vivía aquí cerca, ahí donde alquilan las bicicletas, aquí en la esquina de Victoria y Arista. Y ese señor se venía acá a platicar con Juan, nada más estaba viendo cuándo vendíamos, cuánto comprábamos, como surtíamos, cómo se vendía. Total, a él lo despidieron de la fábrica de Soria, hubo un recorte y salió recortado. Entonces le preguntábamos:
-Y ahora, Chucho, ¿qué vas a hacer?
-Pues yo creo que me voy a ir para México
-¿Qué vas a hacer allá? Tú sabes bien de la mercería, tienes tu puesto en el mercado. ¿Por qué no abres tu mercería?, ya estas grande, ya no tienes hijos -Juan, todavía de buena fe, se lo decía.
- No, Juanito, me voy porque me voy.
Entonces un día llegó buscando a Juan, porque se venía a despedir.  Otro día en la mañana salgo yo al mandado, vi que salía mucha gente de la casa de este señor. Pensé: "Si ya se despidió y ahora entra y sale mucha gente; algo pasó." Entré a la casa y le dije a Juan:
-¿Qué pasaría en case don Chucho que hay muchas personas que entran y salen ¿No le pasaría algo a don Chucho?
Total que no sabíamos y en eso venía Raquel Elías y le pregunté:
-A ver, Raquel, sácame de una duda: ¿Qué le pasó a don Chucho?
-Nombre, qué le va  a pasar, es que ese señor abrió una tienda, pero está dando regalos a morir: Tenga su remojo, compra una cajita de algo, tenga su remojo. Verdad buena, patrona -porque así me decía- tiene un alto así, que de chiles, que de sardinas, a todos les regla algo.
(¿No fueron tonteras?, ¿para que vino a decirle a Juan que ya se iba?) Y a ese señor ¿quién le va a reponer ese dinero?, pensábamos. Pasaban los niños:
-Un cuaderno.
-Ándele y uno  de remojo
-Un lápiz
-Ándele, otro de remojo.
Bueno, decíamos, "¿se volvió loco?" Imagínese: "Deme esto; otro de regalo, esto otro; uno de regalo, ¿quién se lo va a reponer?" Y fue una jugada en desperdicio de la amistad [Mi padre tuvo dos "amigos" exactamente así de ruines]. Y bueno, allá él y que siga regalando. Ala hora que salieron de la escuela llega mi hijo con un montón de cosas en sus brazos.
-Bueno, ¿tú de dónde compraste?, ¿de dónde agarraste?
-No mamá, no los compré, el señor me los regaló, ¿cuál señor? El de la esquina, le dijo a la maestra -que era Jovita-: "mándemelos formaditos a la tienda" y vaciaba hartas cajas y nos aventaba cosas.
El señor Federico Bermúdez, de Escobedo, era el que nos surtía la mercancía, nosotros vendíamos mucho, mucho, la verdad estábamos muy bien, comprábamos varias toneladas de maíz, porque entonces todos hacían tortillas. Cada ocho días hacíamos una listota y él nos vendía todo. Lo bueno fue que nunca le quedamos a deber un cinco. Cuando de repente, le dijo un día a mi marido:
-A ver, Juanito, qué te voy a traer, uh, esto no traigo, esto tampoco -cosas que siempre nos vendía, ya no traía.
Bueno, puedo haber fallado un día. A  la otra semana salió la misma. Dijo mi marido:
-Esto ya me olió mal, qué se me hace que éste nos está jugando rudo, pues ya no le vamos a comprar a él.
Tres semanas le aguantamos. Cuando me dice Auxilio Téllez, mamá del Ran-Ran:
-Oye, ¿pues que ya no le compraron a Federico?
-No. -y le platiqué.
-Pero, niña, ¿cómo quieres que te venda a ti? si Jesús sale con una charola, así, de tortas para todos los peones, refresco o agua fresca, lo que se les ofrezca.
Pensé: "Pos don Chucho de veras se volvió loco, ¿quién le va a dar todo eso? La tienda no deja para regalar tanto". No, pues al poco tiempo se fue. Bajo del agua vendió la casa. Un día, mucho después,  los muchachos lo vieron barriendo mercados. Pues sí,  regaló su dinero. Ya cuando don Federico venía a ver lo que le quedó a deber ni la casa era de él.

Pero antes de irse sacó un chisme: Resulta que mi madre muere  el 20 de enero y mi hijo Lupe había nacido un año anterior el 24 de diciembre así que tenía 26 días de nacido. Mi mamá sufrió una embolia, estuvo un tiempo en el hospital y estuve ahí con ella y con mi niño pequeñito. Mi compadre Eureste fue el que la estuvo atendiendo, él le dijo a mi hermano de mí:
-Llévensela, porque no va a ser una van a ser dos se está afectando mucho.
Entonces nos trajeron a la casa y ella se quedó allá. A la madrugada me vienen a avisar que había muerto mi mamá. Me afectó, adelgacé, me puse mal. Entonces este señor, el de la tienda que regalaba cosas,  sacó el cuento de que estaba tuberculosa y que no me anduvieran comprando porque estaba tuberculosa. Un día iba yo a Celaya con mi hijo Lupe, chiquito, y me encuentro a Chelo Puente:
-Raquel, pos, ¿de quién es ese niño?
-Ay, Chelo, tú sabes cuantos niños tengo, pues es mío.
-Pues es que me sacaron un cuento...  -como ella era partera, donde quiera andaba.
-Ya sé, ya sé, ni me lo digas: que estoy tuberculosa, que por debajo de la puerta me arriman los platos y que quién sabe qué tanto. Hasta sé quién sacó el chisme, fue tu compadre Chucho -porque eran compadres
-Sí, él fue -dijo.
Otra situación: íbamos a comprar esta casa, la de enfrente, con un préstamo del correo. Pero en la casa vecina de aquella había muchísimas ratas porque estaba sola, era como un hormiguero, gordas, grandotas. Estábamos en la tienda y se venían. Total, conseguimos un raticida, a la noche fuimos a revisar si había servido, atrás de la puerta estaba una rata enorme, muerta; hasta trabajo costó sacarla, la puse en una lámina y se me doblaba. Luego vimos que algunas todavía se metían por el drenaje,  las queríamos atrapar entre los caños y se perdían en la pared, la tenían toda agujerada. Después era una pestilencia, una fetidez de tanta rata muerta entre las paredes. Le dijo Juan a uno de mis hermanos:
-Búscame un albañil que venga a tapar, tantos agujeros, sale mucho mal olor y uno como tienda aquí pues cómo va  a ser.
-Yo mero -dijo mi hermano-, nomás cómprame esto y esto.
No faltó quien viera que estaban parchando y fue y les dijo a los dueños que me había hallado el dinero, y como los dueños venían de México cada  quince días. Ya no nos vendieron la casa.  Entonces  Angelito nos ofreció aquí, era más chica pero se compró. Llos oros dueños anduvieron informándose con qué dinero le pagué, si con dinero antiguo o moderno. Pues, ¿qué sería yo tan tonta de ir a pagarle con eso? Ya luego me investigaban que dónde lo cambiaba, me seguían los pasos y luego sacaron un cuento… Y en todo eso nos acabamos la tienda, se nos acabó el dinero entre eso y curarme. No me da pena decirlo: había días que no teníamos qué comer. Y gracias a ese señor. No, si la boca es mala. Sí, se sufre mucho, pero se aprende en la vida.

Fíjese que gracias a su papá pude ayudarme un poco: estaba iniciando el Banco de Comercio, le dije a Juan:
-Yo creo que te prestan unos centavitos para el negocio.
Fue y dijo que no le habían prestado nada, creo que no quería compromisos. Entonces le dije:
-Pues ahora voy yo.
Llegué, me preguntaron:
-¿Y quién la conoce aquí? En Comonfort.
-Pues todo el mundo -y en eso que entra el Sr. Carracedo:
-Señora, ¿qué hace aquí?
-Pues vengo a buscar un préstamo, pero me dicen que quién me conoce.
-Ay, señora, pues todos la conocemos.
Que entra El Rojo:
-Señora Joven -porque así me dice-, ¿qué  hace usted? 
-Pues aquí estoy platicando..
Que entra el sr. Morelos. y lo mismo, Pero el primero fue el Sr. Carracedo.  Tuve la buena suerte de que entraran esas personas. Y me dieron el préstamo.

Ya después empecé aquí, pues se murió mi esposo, enseguida, decía que no estaba acostumbrado a las deudas y resintió mucho estar pagando la casa. Además, poco antes habían muerto mi mamá y mi papá, ahí mi esposo dijo: "Ahora sí se acabó todo para mí". Porque él no fue querido en su familia. Que porque era hombre y  en su casa no querían hombres, puras mujeres, puras hermanas. Hasta su abuelita me decía: "Fíjate nomás, no lo quieren a mi Juanito, que porque es hombre. Pero me extraña de la mamá que es hija de María, de Acción Católica, de la Tercera y no sé qué tanto, pero desdeña a su hijo". Nunca lo quisieron; que sólo  señoritas Pallares. Hacían sus fiestecitas y no lo invitaban. Haga de cuenta que no era nadie él y acá mi papá si lo apreció bien. Mi marido decía de mis papás: "Estos fueron mis padres para mí". Se murió seguido, en el 65. Yo me quedé con tanto muchachito, no podíamos levantarnos, se iba Lupe a la escuela, se iban todos a la normal a Celaya y yo pagándoles el pasaje y con cien pesos que me daban de pensión, tenía que lucharle, entonces siempre tuve que estirarlos para poderle dar vuelta. Y ya me quede aquí, me quedé aquí y aquí me quedé. Y fueron las manzanitas; fueron las que empezaron.  Ahora, cuando le acuerdan a Toño y Alba nomás les da risa. Pero a ver, de ahí salió y  cuando se murió mi marido y  aquí quedé yo, tuve de dónde agarrar. Aquí estoy desde el año del 62, por eso llegan muchos muchachos:
-Ay, doña, se acuerda de mí, cuando estábamos aquí, que quien sabe qué.
Gente que se fue a otros municipios, les digo:
-Sí, si me acuerdo de ustedes, sí me acuerdo de ti. Tú eres fulano de tal.
Sí me acuerdo mucho de algunos, de otros no pero de otros sí. Viene alguien y me dice:
-¿No se acuerda de mí? Soy el doctor de Neutla.
-Ah, tú eres el Banderita? Discúlpame pero a ti te decían el Banderita.
Y así muchos, muchos vienen:
-¿Se acuerda cuando los billetitos?
[Yo recuerdo haberle comprado a la Sra. Raquel tantos billetitos como para canjearlos por dos luchadores de 25 cms]
-¿Y las maquinitas?
Y sí, sí me acuerdo, nosotros tuvimos las primeras maquinitas que hubo en el pueblo.  Es que además este edificio de enfrente primero tuvo a la secundaria, después la primaria, la Tresguerras con la directora Oliva Gamiño, mi comadre. Después la primaria se fue para allá donde está. Luego fue también la prepa y la telesecundaria.

[Cuando le pido permiso de tomarle una foto accede pero me aclara:] No me gusta que me fotografíen, ni antes ni ahora. Por cierto, mi familia no es tan grande pero son como 120 personas y hacemos una fiesta y dicen: "Ahora una foto con los puros hijos, ahora los puros nietos, y ahora los bisnietos". Ya son como 30 bisnietos, también conocí  tataranietos. De todos modos somos tantos que es difícil que se junten todos, ni el 10 de mayo, porque van a visitar a las suegras, a las abuelas de la otra familia, más bien el día de mi cumpleaños es cuando vienen casi todos. Porque como está casi pegadito sería mucha celebración junta. Me dicen: "Mamá, ¿por qué naciste luego luego del diez de mayo?"

Yo recuerdo bien a don Pepe Carracedo, a Trini, la mamá del Rojo, a Mariquita, mamá del  Dr. Muñoz.  Por cierto que el doctor vivía aquí cerca cuando el Paricutìn y le daban un miedo terrible los temblores. Pero fue muy buena gente el doctor con nosotros, también Mariquita. Ellos y don Pepe convivían con mi papá.  Era muy bonita esa época, todos vivìna muy bien; se respetaba toda la familia…

Continuando con esta, casi nueva sección, trascribo la charla que nos concedió el Sr. Héctor González Carracedo, en marzo de 2016, No hace falta mi testimonio pero diré que desde niño recuerdo a un señor sonreinte, casi hiperactivo que, pese a la edad, no era mi tío, sino mi primo, del mismo modo en que sus hijos, pese a la edad, no eran mis primos, sino mis sobrinos, pero lo que más me llamaba la atención es que le decía Apá a mi papá. Lejos de preguntarle, a uno o a otro el por qué, siempre vi con mucha simpatía semejante muestra de afecto y respeto hacia mi padre.
Como siempre en estas transcripciones he suprimido mis preguntas y coloco entre corchetes  [  ] mis aclaraciones.
 
Yo nací en Yóstiro, municipio de Pueblo Nuevo, Yóstiro es un rancho ahora, anteriormente era una hacienda. Yo ahí nací, porque mi padre era de Pueblo Nuevo. Nací  en 1934. Mi hermano Toño es un año seis meses mayor que yo, el nació en Irapuato. A mí me trajeron a los dos años aquí a Comonfort, porque tu abuelo, Don David Carracedo, vino a Comonfort, se dedicaba a rentar haciendas. A mi papá (tu papá) también le gustaba esa actividad, él rentó la hacienda La Sonaja, en Irapuato y yo, en mis vacaciones, me iba con él desde muy pequeño, por eso siempre le decía Apá. No sé si siga existiendo esa hacienda.

También el abuelo, nuestro abuelo rentó la hacienda de Jalpilla y la de Palmillas aquí en Comonfort. Estamos hablando de los años treinta. A mi Apá le gustaba la agricultura, entonces cuando iba a la Sonaja él trabajaba la tierra. No se me olvida que yo iba, según yo muy fregón, que cuando sembraban el tomate de cáscara, el tomate verde, en los surcos hacían una pequeña rayita y mi Papá iba sembrando y yo iba tapando con una ramita, ese es un recuerdo muy bonito que tengo de mi infancia. Yo vivía aquí y solito me iba para La Sonaja en las vacaciones.  Vivíamos en la calle de Arista, casi enfrente de donde estaba el rastro, ahí rentábamos, cuando mi mamá se casó con Rafael Elías ahí vivíamos.  Él trabajo en el hospital municipal que estaba donde está la casa de la cultura, lo llevó ahí el Dr. Muñoz, porque Rafael se dedicaba a la música nada más, para que llevara un poco más  de dinero a la casa.  Yo tengo el recuerdo de que era buena gente y una persona magnífica, mientras no tomara. Ya tomando venían los problemas, imagino que por eso se separó mi madre de él. Ya separado nos saludábamos cuando nos encontrábamos y hasta la fecha les hablo a todos los de la  familia de él.  Ya separada mi madre comenzó a trabajar, hacía, precisamente, el chorizo español que le habrá enseñado a hacer el abuelo. Era un chorizo a todo dar, también cosía ajeno y de ahí nos mantenía, ella sola, sola toda su vida. Ya después mi hermano, que siempre fue una persona más abusada que "lloviznando", empezó a trabajar en la oficina de Hacienda, aquí en Comonfort; ahí donde estaba Manuel Nieto Jiménez, ahí estaba la oficina. Un señor Rojas era el jefe de la Subalterna de Hacienda, empezó a trabajar y, como siempre fue muy abusado, le agarró el modo y acabó haciendo carrera en esa secretaría, hasta que se jubiló como Jefe de la Subalterna, en una ciudad del Estado de Hidalgo.

Yo estudié la primaria en la Manuela Taboada, era una escuela mucho muy bonita o así la veíamos nosotros, porque era una escuela completamente amplia, los salones eran para cuarenta alumnos. Y no sólo era primaria ahí estaba también lo  que entonces le llamaban preprimaria. Quien no la conoció en esos años no sabe lo bonita que era esa escuela. Bonita, primorosa, los salones, las rejas y los terrenos que tenía, porque en donde está la secundaria era parte de la Manuela Taboada, nada más que entró la carretera y partió los terrenos.

En aquellos años los niños jugábamos al futbol que era lo primordial, también béisbol  y voleibol, porque del Básquet no sabíamos nada, del voley sí, porque ponían una red y ya estaba. No teníamos realmente quién nos enseñara, aunque después vino un señor del Gobierno del Estado y le pusieron "Escuela Manuela Taboada, número 1 del Estado" y ya nos daban una orientación para estos deportes. En la calle lo más común eran las canicas, el trompo. Donde quiera nos poníamos a jugar, aquí donde está la plaza era el Mercado, pero  más bien parecía una caballeriza, un establo. Había unos árboles, enormes, no recuerdo de cuáles y jugábamos al Tarzán, nos subíamos a los árboles y pasábamos de una rama a otra, se nos hacía muy fácil eso, no recuerdo haberme caído nunca de un árbol. Entonces el mercado tenía una zona tapada nada más de lámina y había, se puede decir, cuatro cuartos, uno en cada esquina, donde la gente tenía los lugares de comida, pero igual llegaba alguien y amarraba su burro ahí afuera, aparte de eso esa zona era bonita, estaba la parroquia enfrente. Hoy veo el espacio más reducido, como que antes era más grande. Ahí jugábamos béisbol, saliendo de la escuela, era el lugar de reunión de todos, ahí era donde llegaba mi madre si no llegábamos a la casa: "¡Vámonos hijos…!"  El jardín, por el contrario, siempre estuvo empedrado, bueno yo lo conocí así, aunque antes era de tierra, como el mercado, pero en esos años treinta ya estaba empedrado.  Del lado donde está el DIF, y del lado contrario, las calles eran muy, muy anchas, había una caseta de madera amplia donde vendían nieve, paletas; una era de Manuel Nieto Jiménez y otra de Lucas Espinoza. Ahí iba uno a comprar y ya más grandes a jugar dominó, pero en un ambiente muy sano. Era un pueblo muy tranquilo, por lo pequeño éramos todos como una familia, cabe decirlo, nos saludábamos todos. A mí siempre "Rojo, esto", "Rojo, aquello". Desde los dos años, casi nadie me llamaba por mi nombre.  Lo de Rojo viene porque así nací, coloradito, coloradito, güero, hasta eso, bastante güero. Mi cabello era completamente rubio, nada más que con el sol y los años se pone oscuro.

Yo tenía un tío, primo hermano por parte de mi padre, se llamaba Aurelio y le decían Lelo, le gustaba la música y acudía a las cantinas a cantar para sacar para vivir. Él creo que vivió con mi abuela Trini, me imagino y después desapareció, cuando yo entré a la escuela, habré tenido unos seis años cuando él murió. Y no digo que de ahí, pero la música viene de familia; tu papá tocaba la guitarra, mi tía Carmela la guitarra, mi mamá el violín y hacían un conjunto entre ellos mismos, por eso a mí también me encanta la música, nomás que nunca aprendí a tocar un instrumento.

Terminé la primaria y me hubiera gustado estudiar otra cosa, pero mi posición económica nunca me lo permitió, ni a mi hermano Antonio. En esos tiempos si querías estudiar secundaría tenías que ir a Celaya; era un peso de ida y un peso de vuelta ¿Cómo estudiabas? Yo ganaba tres pesos diarios cuando empecé a trabajar saliendo de la escuela.  Empecé a trabajar, desde antes de salir de la primaria; en mis vacaciones yo me iba con muchas personas de aquí, porqué como te digo éramos una familia. Por ejemplo yo llegaba con el papá de Armando Maldonado, el Sr. José Maldonado.  Y, mira que cosas, dime tú si yo, siendo un niño iba  a hablarle de tú a una persona mucho mayor. Y sin embargo había una cierta confianza, yo le hablaba de tú a don José, al Pinto, otro carnicero, a  Heriberto Guerrero. Les hablaba de tú y no era una falta de respeto, era una familiaridad. Como mi mamá siempre me mandaba allá a comprar la carne para hacer el chorizo los trataba mucho. Después salía con mi cajita a venderlo y me iba a ver a don Ambrosio Macías Sánchez, a  Manuel Nieto Jiménez, Antonio Sánchez Camarena, Benjamín Sánchez Camarena y Pablo Sánchez Camarena. Salía yo de la escuela y mi mamá ya me tenía mi cajita y a vender el chorizo,  ella también lo mandaba a México. [Héctor hace una pausa y agrega con un dejo de emoción:] Era muy bonito.  Cuando yo estaba de vacaciones de la escuela era un mil usos, iba aquí iba allá: "¿Qué se les ofrece?" "¿Les traigo un mandado?" Para ganarme un centavito o dos centavos, las monedas de dos centavos parecían las de diez pesos de ahora, igual de doraditas. Andaba yo ayudando a la gente, ofreciendo: "¿Le ayudo a esto? ¿Le ayudo a esto otro?" Me iba al mercado: "¿Le ayudo con su canasta?" Bueno, dizque mercado.  Es que además así tenía que ser, no había manera, mi mamá no se podía hace pedazos y ella hacía hasta lo imposible por darnos de comer. Yo hubiera querido, porque siempre me ha gustado hacer cuentas, estudiar algo relacionado a eso. Es lo único que sé hacer; por ejemplo para sacar porcentajes no necesito la calculadora, el que sea, pero de números enteros. Nada de que saca el 17.28% de 15.34,  ahí sí no.    Mi hermano también debe haber sabido bastante, además era muy centrado. Por eso ganaba un poquito más y le daba dinero a mí madre y con eso me ayudaba a mí también. Ya no era que ganar tres pesos como yo, ganaba cinco o seis pesitos. 

Ya un poco más formalmente me fui a trabajar con mi compadre Tomás Méndez, me ponían o me tocaba hacer de todo, como hacían sus carrocerías de carritos a veces estaban remachando y yo ayudaba en eso.  Y así por el estilo. Hacían un tipo de carrocerías de esas antigüitas, llevaban, claro, un chasis con su capacete, pero destapado de las orillas, por donde entraba la gente había sólo unos barrotes, esos eran los que andaban aquí en el pueblo.  Aquí tuvo un camión de esos don Pedro Leal, con sus hijos, siempre se dedicaron al transporte, los domingos a veces me iba yo con ellos, de cobrador, me iban a dar dos pesos, ya son dos pesos más. Eran camiones tapaditos pequeños.

Pero ya más formal, fue en la presidencia municipal de aquí. Primero entré como cobrador en la alfabetización. En ese tiempo había, para los ranchos, para las comunidades, una ayuda para que la gente aprendiera a leer y escribir; y había un grupo de personas que aportaban un peso al mes; yo era el encargado de cobrarles.  Ese fue mi primer trabajo, de ahí me fui a la tesorería municipal, porque me habló don Florentino Tovar que era el tesorero municipal. La oficina estaba ahí en la antigua presidencia, en seguida el salón de cabildos y a un lado la cárcel también. Yo fui uno de los escribientes de confianza de don Florentino Tovar, pero nada más habíamos tres personas para atender todos los asuntos de la tesorería, bueno, para el tamaño del pueblo era natural. Ahí fue donde ya nos pagaban los tres pesos diarios, era presidente, en ese entonces, Arturo Monreal Tinajero. En aquellos años se hacía los "Acercamientos",  consistían en que el primer contacto que tenían ciertas autoridades del municipio para con el pueblo era que hacían una invitación general a toda la población a comer, cada año, a los dos Cerros, por cuenta de la Presidencia Municipal. Claro con la ayuda de muchos que aportaban. Ahí no había nada de que: "quien te invitó". Llegaba la gente habida y por haber. Esto se hacía el 30 de abril. Eso eran los Acercamientos. El jefe de rentas, el jefe de correos, el de la oficina de hacienda y el de telégrafos.  Hasta para los desfiles eran los primeros en invitar, también para cualquier comida.

Después de eso me fui a trabajar a Celaya. Tila Mota trabajaba en lo que después fue Bancomer, pero se llamaba  Banco del Bajío. Ella me dijo: "Vente a trabajar para que vayas aprendiendo algo", y me metió. Me fui, pero me pagaban diez pesos; tenía que irme al mercado Morelos, porque el banco estaba en el mero Jardín, en la contra esquina donde está Banamex ahora.  Tenía que pagar dos cincuenta de comida y dos cincuenta de pasajes. Además tenía que andar de trajecito, mi hermano me prestaba: "Ahora ponte este saco, ahora este otro". Andaba yo pinto de ropa. Luego de un tiempo le dije a Tila: "Te lo agradezco mucho, pero me quedan cinco pesos para mí, me tengo que levantar a las 6:00 de la mañana, caminar y es mucho cansancio de la seis de la mañana a las nueve de la noche". Porque el camión hacía bastante más en ese entonces.  Le dije: "Mejor recomiéndame con alguien allá". Fue cuando me dio la noción con Juan Pablo y Antonio Sánchez Camarena. Entré a trabajar ahí como de confianza, me pagaban siete pesos diarios y prefería estar cerca. Pero de todas maneras tenía que levantarme de madrugada, a las cuatro me levantaba: Que "Vete a la leche", "vete a rayar a la gente al campo" y que luego el establo en la tarde y que "vete a entregar la leche a Celaya". Llegaba también en la noche, pero estaba jovencito, no me pesaba tanto. Duré varios años trabajando con ellos cuando estaban unidos, luego se separaron de tener negocios juntos, don Pablo y don Antonio; don Benjamín fue al que dejaron solo con su tiendita.

Me gustaba el futbol, me decía mi mamá: "Yo no te voy a dar un centavo para tu futbol, tú sabrás lo que haces". Yo le daba la raya a mi mamá íntegra, 49 pesos a la semana, si el domingo no iba por alguna causa al establo, pues no me pagaban, pero yo tenía que ir al partido porque era muy bueno. Como el domingo tenía que ir a dejar la leche, iba al establo y llegaba a las carreras a jugar futbol. Estuve en los aztecas, con el equipo grande en 1948, no se me olvida y el nombre viene de que antes era "Club social y recreativo Azteca". Era un club donde la gente se ruñía a jugar, a convivir, jugar al dominó, a las damas chinas, que antes se usaba mucho. Nada de tomar ni de emborracharse.



Pero resulta que una vez mi tío Antonio Muñoz Martínez, que, dicho sea de paso, tenía un corazón muy grande y no sólo con los parientes, teníamos con él todo el apoyo, si nos enfermábamos él nos revisaba, nos daba medicinas, de todo, si no con que íbamos a pagar esas cosas. Él, mi tío Antonio, le dijo a mi tío David que por qué no me llevaba con él a Papanoa, al aserradero de don Melchor Ortega, ya que sabía manejar; no era un chofer experto, pero sí manejaba diferentes tipos de carros. Y me fui ocho años, cuando estaba soltero, ahí sí ganaba dinero, ya le podía dar a mi madre diez pesos diarios. Era pesado, había que levantarse a las tres o cuatro de la mañana y trabajar todo el día, pero afortunadamente yo siempre estaba acostumbrado a trabajar. Claro que se cansaba uno pero yo seguía, pronto ocho, pronto nueve, para yo sobrellevarla y llevarme bien con los macheteros, que así le llaman allá a los que cargaban la madera, les ayudaba, tenía las manos con puros callos, pero les ayudaba. Así hacía más rápido los viajes. Llegué a ganar cincuenta pesos,  y lo que eran cincuenta pesos en el año cincuenta y cuatro. Papanoa era muy pequeño, muy poco poblado, estaba la casa grande de don Melchor Ortega, con un patio enorme donde se ponía a secar la madera.  Eran unas pilas enormes de tablas colocadas con espacios para que se secaran.   Cuando empezaba a llover ya no se podía subir a la sierra, bueno, con alguna lluvia sí pero ya en la temporada de lluvias no se podía y se enviaba la madera a México. Mi tío David me ayudó mucho estando allá, después  en unas vacaciones me puse a analizar las cosas, empecé a trabajar otra vez aquí y ya no regresé a Papanoa.

Empecé a trabajar de agente vendedor con Díaz Córdoba. Andaba en Soria, Escobedo también; vendía muebles y línea blanca, también entré a la Cervecería. También estuve con mi compadre Morelos, en la tienda aquí en la esquina. Yo no despachaba, pero tenía un lugarcito donde se pesaba alguna mercancía. Él tenía una camionetita pickup chiquita, vendía gas en cilindros, entonces iba yo al gas, cada quien de vez en cuando me daba un peso de propina porque me gustaba ser atento, quedando bien con mi trabajo. Me iba a Soria por mi cuenta y riesgo a ver a otras personas, como si yo fuera el dueño: "No se les ofrece el gas", "Vamos a traer el gas" y se fue haciendo la venta más grande de mi compadre Morelos, que entonces no era mi compadre. Y compró una camioneta de tres toneladas y luego otra. Él era muy agradable, muy buena persona, a pesar de que fue mi patrón nunca me trató de menos, siempre muy sonriente, muy agradable, lamentablemente siempre fue grueso, comía mucho, muy chambeador, pero algo le cobró en su salud.  De pronto se enfermó, lo internaron, lo fuimos a ver y se veía muy bien, pero falleció. Llegó en 1950, era de San Felipe.
  
Otro de mis trabajos y fue vender cerveza de Celaya para acá, después me casé y mi suegro tenía amistad con el Dr. Dobarganes. Me recomendó con él y fue cuando entré a trabajar al Seguro social, me puse mi mejor pantaloncito para la entrevista, iba pero bien recomendado con el delegado Felipe Arias Beltrán de León, Gto. Me vio y me dijo: "Este trabajo no es para ti, Güero". "¿Por qué, señor?" "Porque vas a trapear los pisos" "No me importa, es mi decisión lo que necesito es trabajar". Y entré a trabajar, se quedaron cientos de personas esperando ese trabajo.  Era muy bien pagado, 803 pesos mensuales luego, luego, más una buna despensa que nos daban cada quince días. Así que, bien o mal, ya tenía yo para comer sin ninguna apuración de que ¿mañana qué voy a hacer? Jamás, jamás me importó que se tratara de limpiar, trapear; yo hacía el aseo de los baños. Cuando me invitaron al club de leones, entonces sí hubo los peros,  hubo alguien que decía:  "¿Cómo es posible que anden invitando lavapisos al club de leones?" Pero no le hicieron caso, tuve yo el apoyo de José Juan Hernández Lobato, Manuel Nieto Jiménez, Mi compadre Morelos, mi padrino Moisés Olalde Márquez, Paz Martínez,  Apolonio Díaz Cuellar de Nuetla. "Tú no te fijes, Rojito". Todos me hablaban de Rojito. Y entonces puse mucho empeño en apoyar a las actividades del Club de Leones, eran muy buenas actividades, yo tenía cuarenta años, era una bonita convivencia, cuando se fundó eran treinta y tantos socios, cuando se formalizó, que fueron los padrinos el Club de Leones de Celaya, fue en 1953. Por ahí tengo alguna invitación del banquete. Estuve en el club hasta el 68. Después se hizo nacional pero ya no funcionó igual.

Estuve dieciocho años en el Seguro Social, presenté mi renuncia, se me prendió un poquito el foco y puse mi negocito de refacciones, entonces tenía allá mi trabajo y acá mi negocio, por eso pude darles su carrera a mis hijos, aunque hoy ya no tengo nada. El negocio se me ocurrió porque como allá en Papanoa yo hacía las reparaciones, las afinaciones de los camiones aprendí de mecánica. Empecé mi negocio con tres mil pesos de capital, fui a ver a Gómez de la Cortina, muy amigo mío, aún vive pero tampoco tiene ya su empresa. Duré cuarenta años con mi negocio y a pesar de la gran cantidad de refacciones y de tantas marcas de carros supe organizar mi mercancía. 

En todos estos años, ochenta y tantos, que he pasado en Comonfort, he conocido a muchas personas y tuve muchos amigos, lamentablemente de mis contemporáneos o más grandes, ya quedan muy pocos, ya casi todos han fallecido,  nada más nos va quedando el recuerdo.






 
Con la Sra. Raquel Moreno Barrón
 
Con Héctor Gónzalez, "El Rojo"
Continuando con esta sección, trascribo la conversación que tuve con dos pintoras: La Señora Marisela Romero y la maestra Angelina García.  Debo decir que no sé que me ha impresionado más, si la importancia que han sabido dar al ejercicion del arte en sus vidas, o la innegable calidad de sus trabajos y todo lo que en ellos expresan y nos comparten.

Como siempre en estas transcripciones he suprimido mis preguntas y coloco entre corchetes  [  ] mis aclaraciones.
 
Maricela Romero

Para entender hace cuánto que pinto debo decir que a mí me gustan mucho las manualidades, dado que a mi abuelita le gustaban mucho, lo mismo que a mi tía Rosario;  antes en la escuela se enseñaban mucho esas actividades, le enseñaban a uno a hacer muchas cosas, así que de todas partes me vino el gusto. Ellas, mi abuelita y mi tía,  trabajaban la cera y desde que tenía unos seis años me les juntaba para hacer trabajos con esa técnica; hacíamos las casitas para el nacimiento y otras cosas.   Ya más grande  me preguntaba: "¿Cómo es que no hay alguna escuela donde enseñen todo esto?" Porque yo quería aprenderlo con todas las reglas, como debe de ser, no nada más a como yo lo entendía. Que también está bien, pero yo quería una base bien fundada. Pero no. Ya después, un tanto después,  en la televisión empezaron a pasar un programa que se llamaba algo así como Todo para todos, no recuerdo, pero en él hacían y enseñaban muchas manualidades: esmerilado, repujado y muchas otras que ahí aprendí. De pintura no daban clase y, coincidentemente,  por entonces yo quería una Vajilla Navideña, pero no había mucho modo de adquirir una, así que compré mis plantos blancos y pensé: "Tengo que pintar con algo que no  se borre al lavar mi losa",  compré pintura de aceite, de esa para pintar puertas de acero y con eso hice mi vajilla navideña.

También me gustaba mucho ver las revistas donde veía ilustraciones o trabajos que llamaban mi atención, incluso hablaba por teléfono con la muchacha que hacía el programa de televisión, la que daba las clases; ella me llegó a mandar muchas cosas, revistas y algo de instrucciones.  De ahí realicé muchos de esos trabajos. Sin embargo seguía con mi intención de pintar.  "¿Y cómo pinto?", me preguntaba y me dije: "Pues como Dios me dé a entender". Así que complementé mis colores y me puse a pintar sola, motivada porque  tenía esa inquietud. Y aún la tengo.  No era ni óleo ni acuarela, no le puedo llamar así,  pintaba con pintura de aceite.  Tenía unos garrafones, de los que les llaman damajuanas, traen un forro como de tule y su asa, estaban muy bonitas y no me atreví a tirarlas; les pinté unos paisajes muy mexicanos, en una el típico indito dormido y en la otra un paisaje con magueyes y otros animales.
Posteriormente asistí al taller de la maestra Blanquita, usaban una técnica que se llama pincelada.  Luego conocí a unas compañeras en el centro gerontológico, cuando dieron ahí unas clases. Les pregunté quien enseñaba otras técnicas (siempre y cuando fuera en la mañana, porque en la tarde no me gusta salir de mi casa, en la mañana sí voy). Les vi algunos trabajos a las compañeras pintados sobre tela. Cuando pregunté quien les había enseñado me dijeron: "La maestra Lucía" "¿Y me querrá dar la clase? ¿Podrá admitirme todavía?" "Pues vamos a preguntarle". Pero pasaba el tiempo y no me decían, y yo con muchas ganas de aprender. Ante mi insistencia me invitaron con Lucía y tomé la clase de pintar sobre tela o sobre yeso y figuras, que eso estuvo como muy de moda por un tiempo. Pero un día que fui con la señora Lucía la vi que estaba pintando al óleo. Le pregunté: "¿Dónde tomas clase?"  "Pues aquí con el profesor Horacio, donde hay una renta de películas"  "¿Y me querrá dar clase?" "Pues pregúntele." Como me quedaba de regreso pasé con el profesor y él me decía: "No, es que yo no doy clases" "¿Y cómo a la señor Lucía sí?" "Es que eso no es dar clase." Y le insistía yo: "Por favor, ándele, por favor". "No, yo no doy clases". Y así estuvimos como dos horas, platicando animada pero amablemente, entonces le dije, finalmente: "Deme, por favor, la liste de materiales". Así se sobrentendió que me iba a dar clase, le pregunté cuánto me iba a cobrar e insistió en que esas no eran clases.   Así estuve como un año, asistiendo nada más yo,  les platiqué a varias señoras que conocía y les interesó. Me decían: "¿Nos querrá dar clase?".  "Pues pregúntenle". Eso fue hace unos siete años, así se formó el taller del maestro Horacio, pero nunca fue su intención formar un taller, de hecho empezó sin cobrarme, ya cuando fuimos más personas, le dijimos "Como que ahora sí ya cóbrenos". Casi siempre fuimos seis o siete personas, casi las mismas que somos ahora.

Ya en la actualidad me es mucho más satisfactorio el resultado de mi trabajo que antes. Ahora veo trabajos anteriores y noto lo que no hice apropiadamente, que no le di luz o no le di sombra,  porque se van aguzando los sentidos con lo que uno ve.

Para mí  a veces es mejor ver trabajar al maestro a recibir instrucciones, porque estoy observando qué y cómo lo hace el que ya sabe.  En general yo soy muy "desobediente",  pienso: "¿Por qué han de ser todos los trabajos iguales?,  si las compañeras no se visten como yo, no se pintan el pelo como yo, por qué vamos a usar todas los mismos colores en nuestros cuadros". Como yo siempre había pintado sin que nadie me dijera qué color o qué mezcla usar, esa ha sido mi actitud.  En el tiempo en que fui con la maestra Blanquita asistían muchas alumnas, unas veinte. En una ocasión estábamos pintando las figuras de un nacimiento, como yo no alcanzaba a ver la muestra me puse a pintarlos a mi modo, usé colores ocres, verdes y naranjas para las vestimentas, recordando los colores que he visto que utilizan en los cuadros. Para sus huaraches, que lógicamente no eran similares a los que se usan ahora,  les pinté cintas en sus sandalias. Cuando lo vio la maestra le gustó mucho y lo puso de ejemplo; claro que yo no lo hacía con esa intención. Después me lo pidieron para copiarlo.

No sé si sea bueno o malo, pero me gusta hacer los trabajos a como yo los voy sintiendo sin copiar exactamente la imagen que me sirve de base. También pasa con el maestro Horacio, nos da una indicación y le digo que prefiero tal o cual color y me dice "Póngale el que usted quiera, es su cuadro, es su pintura y es lo que usted es" "Usted va a pintar lo que a usted le gusta y va marcar en eso su personalidad". Con ese concepto me siento contenta.  Cuando en el taller copiamos una imagen como ejercicio yo me digo "Si ni el mismo autor la volvería a pintar igual, por qué debo yo copiarlo idéntico". Por eso no me mortifica si no queda igual. 

Yo lo que pongo en mis cuadros es mi alegría, nada más, las tristezas que tengo son sólo para mí.   Cuando voy a pintar estoy contenta, muy dispuesta a pintar, porque cuando no dan ganas no puede pintar uno, no sale. Incluso se lo comento al maestro y me dice: "Hoy no pintes". Cuando uno no tiene deseos de hacer las cosas no lo va  a hacer bien, lo va  a hacer oscuro, sin ganas, mal hecho. En esos días estoy con las compañeras y les platico, pero yo no pinto. Por eso, porque lo que trato de compartir en mis cuadros es mi alegría, es que uso colores vivos.
No sé en qué sentido el género, el hecho de ser mujer, se refleje en mi trabajo, muchas de las pinturas que copio son hechas por hombres, ellos pintan, por ejemplo a una mujer como la vieron, o como la sintieron o se imaginaron, yo lo pinto porque me gustó la pose, los colores o el arte que estoy viendo allí y en eso traduzco mi alegría o el ser positiva, por lo menos en ese momento en que pinto.
Yo considero que tanto el hombre como la mujer tenemos esos momentos y gustos al momento de pintar.  Comparando ahora mi trabajo con el de hace siete años, noto tanto una mejoría como una evolución, ahora sé más lo que quiero y donde buscarlo. Incluso ya busco en internet, me adentro y encuentro imágenes o hasta tutoriales; también mi hijo Luis me hace sugerencias.

De todos mis cuadros no hay uno que me guste especialmente más, ni que lo crea inacabado, pues nos dice el maestro: "Un cuadro se termina cuando el artista está satisfecho, no hay un punto donde se diga ya se terminó". Cuando terminé mi primer cuadro le pregunté: "¿Usted que calificación me daría?" Y me contestó: "No, ¿usted qué calificación se pondría?". "Yo un diez, porque si nunca había pintado con esta técnica y me quedó bien, me merezco un diez." Y eso que, a como los juzgo ahora, no me gusta tanto ese cuadro en particular. 

No he pintado nada abstracto, alocado, pero si un día encuentro algo que me guste en ese estilo no estoy negada a pintarlo, hay cuadros que son puras manchas pero esas manchas nos dicen algo y uno los observa mucho rato. También la técnica de la espátula me gusta y la he llegado a aplicar aunque en una sola ocasión.

De los artistas que he visto y de los que aprendo me gusta Igor Zajarov, Vladimir Volegov, Alexei Antonov que pinta solo Rosas.  Yo veo sus videos y no sólo aprendo, también me motivan mucho, quisiera tener al pintor aquí enfrente y verlo trabajar para aprender de él.  Hace poco estaba viendo un video de un ruso, no recuerdo su nombre en este momento, pero tiene una paciencia enorme ese hombre; el video dura como tres horas  y eso que lo aceleraron. Al principio, cuando explica cómo va a proceder, está a velocidad normal pero el resto está acelerado.   También, en su época, me gustó ver al famoso Bob Ross, aunque pintaba solamente paisajes y su ardilla, que no la perdonaba. Este señor utilizaba mucho la espátula, curiosamente, el profesor Horacio comenzó a pintar, por un hermano que era devoto de Bob Ross. Le sugirió pintar mostrándole esos videos, porque el ya dibujaba muy bien, eso facilita.

Ahora estoy pensando en aprender la acuarela, pero es otra situación  porque, en acuarela una mancha fuera de lugar y se acabó el cuadro. Además las hojas son caras, pero quiero aprender; ningún conocimiento estorba y tampoco se me agotan las ganas de seguir aprendiendo.

Si no hubiera desarrollado mi pintura hubiera hecho otras cosas,  desde antes hice muchos cuadros bordados y tejidos, como te dije, eso me viene de herencia, de mi tía, de mi abuelita, yo siento que  heredé ese deseo por estas actividades.

Todo lo que pinto y todo lo que hago me da una enorme satisfacción, una plenitud una alegría interior, creo que ocupo mi tiempo de la mejor manera.

Yo llegué hace 51 años a Comonfort, en 1969. Llegué cuando nació  Alejandra. Venía de tres meses, antes vivíamos en Romita, mi esposo era de aquí y nosotros de Moroleón. Bueno, soy originaria de Ocotlán Jalisco, pero criada en Moroleón. Ahí conocí a mi esposo, yo trabajaba en el correo y a él le tocó trabajar allá en Moroleón, luego estuvimos en Romita. Su papá trabajaba en el correo de aquí de Comonfort, entonces hicieron una permuta y los últimos meses que mi suegro necesitaba para jubilarse los pasó en Romita y así nos quedamos nosotros en Comonfort. Y aquí, la verdad, he vivido muy contenta.



Angelina García Hernández

Yo empecé a pintar hace veintiséis años, casi por casualidad; en ese entonces mis hijas estaban pequeñas y busqué una actividad para que realizaran por las tardes. En la casa de la cultura había el curso de pintura, lo impartía un maestro de Tamaulipas. Llevaba yo a mis dos niñas y me sentaba a esperarlas, sacaba un libro, me ponía a leer en lo que terminaba su clase, porque yo ahí las esperaba, no las dejaba y me iba. Pero a veces observaba a los otros alumnos, otros niños y algunos adultos, los veía como pintaban. Entonces el maestro me dijo: "¿Por qué no se viene a pintar?" Y yo, con cierta sorpresa, le dije que nunca lo había intentado. "Pues inténtelo", insistió amablemente. Y empecé a pintar, así que íbamos las tres y pintábamos, ellas sus trabajos y yo los míos. Posteriormente el trabajo, las actividades del hogar, las tareas escolares con mis hijas me alejaron de la actividad, no me alcanzaba el tiempo.

Trabajé treinta años con mis alumnos en primaria y en telesecundaria al final. No me daba el tiempo para dedicarle a esto, tenía actividades, por la mañana del trabajo, en la tarde tareas con mis hijas, preparar clases y materiales para el día siguiente. Esto, aunado a que el maestro de la Casa de la Cultura se fue,  terminó por alejarme de la pintura. Pero regresé cuando la maestra Blanquita me invitó a integrarme a su grupo. Me platicó que estaban pintando sobre tela y sobre madera y, como era un día a la semana, no me pareció tan complicado. Entonces empecé a pintar en tela: Manteles, servilletas, etc. Luego en madera y sí, tal como me lo había sugerido la maestra, me agradaba estar pintando, pero volví a dejar la pintura por la enfermedad de mi mamá, debí cuidarla y lo suspendí, además en esas circunstancias no se siente uno con ánimos de pintar, no se disfruta. Cuando ella falleció, me encontré con un tiempo disponible que no me había imaginado porque también, para poder cuidar mejor de ella, me había ya retirado de mi trabajo.

Algunas personas me advirtieron que era peligrosa la inactividad, me dijeron: "Te vas a empezar a enfermar" y yo me preguntaba por qué tenía que ser así. Antes de preocuparme por esto la maestra Lucía me sugirió integrarme al taller del maestro Horacio Rodríguez, formamos un grupo y comenzamos a pintar. Algunas de las compañeras también participaban con la maestra Blanquita, pero el pintar sobre lienzo fue, para muchas de nosotras, una experiencia nueva. Es otra técnica, otras pinturas. Yo de todos modos decidí intentarlo y me gustó mucho. Nos integramos y es una experiencia muy agradable porque cada quien pinta como quiere, como lo desea.

Por el trato amigable que tenemos hay quien piensa que nos la pasamos platicando pero no es así, es tal la concentración que no platicamos, al contrario, el maestro pone una música instrumental de fondo, nos concentramos y hasta al cabo de las tres horas que dura la sesión, entonces sí, convivimos, tomamos un refrigerio y platicamos. Pero durante la clase nadie habla, nadie; es una concentración tal que yo, cuando pinto, me pierdo; no pienso en nada ni en nadie, es como un sueño y es hermoso porque yo lo disfruto. Es un sueño en el que entro y hasta que termino el cuadro vengo a despertar.  Esto me enriquece mucho, porque disfruto mucho de mezclar las pinturas, planear el trabajo ver el progreso en el lienzo. Es algo maravilloso, a mí me ha servido como una fabulosa terapia. Yo no pinto por negocio, ni tengo necesidad; no digo que esté en la opulencia, por supuesto. Me gusta tanto que incluso cuando duermo he llegado a soñar con los colores, con las pinturas y veo un matiz con el otro, una mezcla, debe ser por ese gusto intenso.

He tratado de aplicar diferentes técnicas con la pintura, experimento de una manera o de otra en diferentes cuadros, no me desagrada experimentar otras técnicas en los lienzos, aunque en estos últimos meses no he pintado por algunas complicaciones familiares que, afortunadamente, ya se van resolviendo, pero al no tener todo mi tiempo disponible me vería presionada si tratara de pintar y eso sí no me gusta. Es como cuándo me dicen: "Quiero que me hagas un cuadro así y así". "Sí, cómo no". "Pero lo quiero para tal fecha". "No, no me comprometo, yo te lo hago, no te sé decir para cuándo, pero te lo voy a hacer". Me gusta disfrutar esta actividad y el tiempo que sea posible se lo dedico, porque andar con carreras nunca me ha gustado. He hecho algunas modificaciones en los cuadros o en las imágenes que me sirven de base, veo una imagen, tomo fotografías y después lo integro, lo acomodo, así es como desarrollo mi trabajo.  También en la casa tengo mi espacio, mi caballete, mi mesa y a veces lo compagino con el taller, llevo el cuadro allá y pido opinión, comentarios o compartimos técnicas.
Hacer una pintura directa o con un modelo es muy complicado, porque es una técnica dilatada, es de varios días y no puede uno pagar tanto tiempo de modelo. Por eso se recurre mucho a la fotografía.
Pinto todo lo que me gusta, me inspiro en lo que veo cuando salgo de paseo y visito otros lugares, justamente el sábado regresé de visitar una hacienda que está delante de Salvatierra, se llama San José del Carmen, está hermosa. Es muy común que en los viajes, largos o cortos tome fotografías.

Algunas flores me gustan mucho, me inspiro mucho en lo que observo en mi vida diaria, otras son recuerdos, por ejemplo un cuadro que pinté de alcatraces me trae el recuerdo de mi abuelita, ella tenía su lavadero y el desagüe vertía en un cañito que siempre estaba lleno de alcatraces, a ella le gustaban mucho esas flores, ese recuerdo me inspiró ese cuadro. Dije: voy a hacer unos alcatraces por mi abuelita. Creo que todos mis cuadros son vivencias y recuerdos. Ahorita tengo un proyecto: estoy tratando de reconstruir el patio de la casa que era de mis padres, es una casa muy antigua, tenía una capilla, escondida, discreta del tiempo de los cristeros. Cuando mi papá compró esa casa todavía se veía donde había estado el altar y otros elementos. Quiero pintar el patio de mi casa como yo la recuerdo, con sus banquitos llenos de macetas y flores, porque a mi mamá le gustaban mucho, flores sencillas, pero muchas, también debo pintar un cotorro en su jaula, que por cierto aún vive, debe tener sus cincuenta años, me lo quedé yo porque nadie lo quiso, también había un naranjo, tomo fotografías y quiero integrarlo todo en una imagen, como yo recuerdo ese patio, incluso con una cruz de cantera de la capilla. He estado buscando imágenes de cosas que había en ese patio, como yo lo recuerdo, era una casa grandísima, que no ha escapado al deterioro de los años, ya no está tan bonita como cuando vivía mi mamá. De hecho desde que ella falleció ella no he vuelto a pisar esa casa, no he entrado. Y de esto hace nueve años, por eso la quiero pintar como yo la recuerdo y como yo viví en esa casa.

Tengo un cuadro, es una mujer indígena con un rebozo sobre su cabeza, tiene bordados en la blusa y el propio rebozo,  los bordados los pinté con mucho detenimiento, con un pincel delgadito, me llevaba toda una tarde pinar una línea del bordado. Me llevé meses y cuando ya estaba casi terminado, y sólo me faltaba pintar el arete, lo observé (porque suelo detener el trabajo y observarlo con calma, siempre anda uno componiéndole detalles) y me dije: Este es una imagen de alguien que no sé quién es y la voy a tener en mi casa, entonces, para no pensarlo mucho apliqué pintura blanca y decidí cambiarle el rostro y ponerle el rostro de mi hija.  Le pedí ayuda al maestro para tomar una fotografía en el ángulo apropiado, a mi hija no le agradaba la idea, no quería y le dije: Hazme ese favor, va a ser para mí, no va a ser un cuadro para ti, dame ese gusto. A regañadientes pero accedió. Todavía tardé unos mesesitos en terminar el cuadro. Cuando lo vio terminado le gustó, me dijo: "Te quedó muy bonito". Y yo le aclaré: "Ese cuadro es mío, no es para ti. Recuerda que tú no lo querías"  Y aquí está el cuadro, siempre vacilamos cuando me pregunta si se lo voy a dar.
Curiosamente el maestro también pintó ese cuadro, con el diseño original y lo vendió; Lucía también, pero la que cambié el diseño fui yo.

Yo creo que la inspiración y la motivación para pintar ya las trae cada artista, independientemente de todo, incluso de si son hombres o son mujeres. Incluso creo que alguna otra actividad no la podría hacer, esta es la que hago con gusto. Puedo dejar todo a un lado, incluso me levanto temprano con ánimo y no quiero que me distraiga nadie porque voy a pintar. Finalmente son actividades muy bonitas y siempre debemos aprovechar las oportunidades que nos presenta la vida.
Por ejemplo, yo jamás pensé llegar a ser maestra, se presentó la oportunidad: mi maestro de inglés era el Teacher, el profesor Eduardo [González San Vicente]; siempre que estábamos en clase me decía: "¡García, pase al pizarrón!", como yo ya sabía tantito inglés, y él sabía que yo sabía, me decía:   "Conjúgueme el verbo tal en tal tiempo".  Y yo pasaba y les exponía a mis compañeros, pero no me imaginaba de maestra, pero a través del tiempo pensé que a mí me vendría bien el enseñar, pues es bonito ayudar a los compañeros, y así concluí: "Yo quiero estudiar la normal".

Pero hubo un problemita: mi abuelo, que era señor antiguo, les dijo a mi papá y mi mamá: "A esa muchacha cómo la van a dejar ir a estudiar, ¿para qué?, crecen y se casan, etc.".  Me acuerdo que tanto coraje me dio con mi abuelo que hasta lloré de la irritación.  Pero creo que cada quien obtiene en la vida lo que quiere, siempre y cuando luche por ese ideal. Yo me propuse que no me iba a quedar así. Busqué trabajo, me fui a trabajar a San Miguel de Allende, salía de Comonfort a las cinco de la mañana, a las cinco y treinta ya estaba allá. Trabajé en la recepción de un motel que se llamaba La Siesta. Trabajaba en la recepción y había que atender a los clientes; darles información turística, rutas, pormenores de los lugares que querían o podían visitar y otras indicaciones.  Salía a las tres de la tarde, comía a la carrera y me iba a estudiar. Así le estuve haciendo, desafortunadamente aquí en Comonfort no había secundaria nocturna, me tuve que ir un año a terminar la secundaria a  Celaya,  en una escuela Benito Juárez que tenía escuela nocturna. Ya después hubo aquí escuela para adultos. Pero esa sí fue una dificultad, trabajaba en la mañana y estudiaba en la tarde, todo el día trabajando y estudiando.
Para mi abuelo si ya sabía escribir mi nombre y hacer cuentas, con eso era suficiente. Yo hablé con mis papás y les dije: "Yo quiero estudiar, denme permiso de ir a estudiar, no les voy a molestar con nada, no me den nada, voy a trabajar. Denme nada más la oportunidad de estudiar" Y así fue. Estuve en la normal el primer año, en ese entonces había en la normal del complejo dos niveles: había normal y había preparatoria.  Resulta que un maestro se enferma de algo grave, ya no pudo ir y preguntan que quién sabía entre los alumnos tal o tal materia y dijeron que yo sabía. Entonces me dijeron "Te vamos a pagar la colegiatura, además el maestro que esté, a la hora de tu clase, te va a dar permiso y no te va a poner falta".  "Perfecto" me dije y así fue. En segundo año se ofrece una plaza de una comisión y me voy; para esto ya me había casado, pero yo tenía que estudiar,  iba a estudiar pero se complicó un poquito, porque en la Manuela Taboada ya me dieron una comisión. Trabajé diez años, salía a la una y a las tres tenía que estar en Celaya, para estudiar y con un niño pequeñito. Gracias a Dios tuve una suegra maravillosa que me apoyó, me decía: "Vete a estudiar, yo te ayudo con los niños". Mi esposo me sugirió contratar a una muchacha para que le ayudara a mi suegra con lo más pesado. Fue de esa manera que pude terminar, en ese entonces no se hacía prepa, eran cuatro años de normal, al siguiente año, le dije a mi esposo: "Sabes qué, yo quiero estudiar una espacialidad, voy a ir a hacer el examen, si lo paso, sigo y si no lo paso ahí queda". Pero ya no sería de diario, sino durante las vacaciones. Pasé el examen y ahí voy: seis años de especialidad, no había la especialidad que yo quería (inglés) pero bueno, estudié español, aquí cabe recordar lo que dijo algún presidente de la República: "Cuando se da educación a una mujer se educa a una familia".

Yo le agradezco mucho a Dios porque me ha dado muchas cosas buenas, muchas y yo creo que cada quien tenemos que luchar por lo que queremos y lo que tenemos es obra también en, en gran parte, de nosotros mismos. Dicen también cada quien tiene los hijos que se merece;  yo ya no pude seguir estudiando después, por los hijos, ya no puede estudiar la maestría ni el doctorado; le di prioridad a ellos. Eso es lo más importante. A los diez años me ofrecieron una plaza y yo ya había empezado mi especialidad, además me daban una beca, cada que terminaba un ciclo llevaba mis boleta con las calificaciones y con un cierto promedio me daban mi beca. Hace once años que me jubilé. A mí hoy en día me falta tiempo, no me sobra tiempo, me sobran ocupaciones, tengo muchas ideas de actividades, también me la paso viajando y acopiando ideas e imágenes para nuevos cuadros.

Estuve 20 años en telesecundaria, tomé cursos, varios cursos, me invitaban y me inscribía. Tuve una oportunidad de ir a Estados Unidos a una Universidad, para esto se hizo un curso, me mandaron a exámenes a Irapuato, Salamanca, Celaya. Examen oral, con sinodales y de todo, auditivo, éramos varios compañeros. Cuando ya se hizo la evaluación me dijeron que había salido bien, este curso estaban invitando a maestros que tengan la especialidad en español para que den clases de inglés, y español en la Universidad. Me ofrecían el contrato, todo pagado, mis documentos, el lugar a donde iba a llegar;  a partir del momento que empezaba mi contrato de dos años me pagaban. Era muy tentadora la oferta, pero no acepté, mi hija más pequeña estaba en la primaria y me dije: "Primero está mi familia" y lo rechacé.   
Me dieron unas horas de inglés en la secundaria, en la mañana en la telesecundaria, salía a las dos y tenía que corres a la secundaria. Empezamos a ver que bajaban los niños su rendimiento, renuncié, ¿Cómo es posible que es tuviera enseñando a otros niños y mis hijos con carencias? Pero valió la pena porque los cuatro terminaron su carrera, los cuatro trabajan, pero todas las tardes estábamos en esta mesa haciendo tareas.

Yo pienso que en la vida tenemos metas y hay prioridades y para mí lo más importante, era mi familia, lo primero de todo. Por eso dejé oportunidades de estudio y trabajo. Inclusive ahora que ya me retiré me invitaban a que diera clase y dije: No, para qué me retiré. Ya no tiene caso, allá me hubiera quedado.  Cuando me retiré me ofrecían, incluso, un mejor salario, pero pensé: "Quiero disfrutar de mi familia, de mis nietos y ahora sí voy a hacer lo que más me gusta que es pintar". Pero hay muchas otras cosas que me gustan y que hago.  Las ideas y los motivos para pintar me llegan mucho de lo que viajo, pero es inagotable todo lo que a uno se le va ocurriendo.  También, por supuesto, al viajar me gusta conocer museos y galerías. Y a veces de algunas obras y artistas sí se trae uno ideas o motivaciones.
En un sentido más abstracto de pintura he realizado algunos cuadros de animales, como uno que hice para mi nieto, aunque cuando estuvo listo no lo quiso para su cuarto.
Sin embargo a veces mis conocidos o mis sobrinas me encargan algún cuadro partiendo de otro que vieron, me traen la foto y se los pinto, aunque me he concretado en cosas cuando viajo, etc., mi imaginación.

Toda la pintura es muy interesante, por diversas que sean las temáticas y los estilos propios de los autores, por supuesto muchos pintan para vender. Pero yo no vivo de eso, yo lo hago porque me gusta, hago lo que quiero, hace poco una amiga le gustó mucho un trabajo mío. Véndemelo. Sí claro, vuelvo a hacer otro, porque tomo fotografías de lo que voy pintando.

A la Sra. Maricela la conocí hace muchos años cuando empecé a pintar y he coincidido con ella, para la pintura, en diferentes momentos y actividades, hasta ahora que participamos en el taller del maestro Horacio. En este taller hay mucho respeto y el grupo se ha conservado desde hace seis años. No hace mucho llegó la oportunidad de que el Padre Juan Galván, cuando estuvo aquí, nos invitó a participar en una serie de exposiciones en el claustro; asistimos con mucho gusto, pero hubo personas de aquí de Comonfort, que pintan y cuando se les invitó, alguna de ellas dijo: "¿yo, ir a presentar nada más para que me critiquen? Yo no pinto para que estén criticando lo que yo hago". Otros no quieren ir porque no quieren que tomen fotos de su trabajo, cuando que un cuadro como estos míos  nadie lo va a pintar igual, ni yo misma, no entiendo porque no querer que les tomaran fotos. En realidad,  lejos de que haya una crítica malintencionada, la gente pregunta sobre los cuadros, sobre los lugares que estamos representando, etc.

Ahora hago otras actividades, me gusta andar activa: conformamos el primer comité delegacional de maestros jubilados en el estado, nosotros hicimos el primero, luego en el tercero otra vez me integré. Ahora ya está la casa del jubilado en las trojas, ya está amueblada, casi que estamos esperando que el gobernador la venga a inaugurar. Ahorita lo que estamos haciendo es probar talleres para que las personas adultas que quieran integrarse vayan a ese lugar y aprendan algo, que se entretengan, que salgan de su aislamiento. Porque eso de estar pensando: "me duele aquí, me duele acá" no ayuda en nada. En la pintura se olvidan todas las enfermedades. Yo supe de una pintora que tenía un padecimiento que le hacía temblar, pero al pintar no temblaba, haciendo otras cosas sí.  ¿Cómo puede entenderse eso? El arte es maravilloso, la misma maravilla hay en los libros que te llevan a otro lado, a otra realidad.  Así me transporto yo con la pintura que para mí es un sueño, pero un sueño muy agradable, en el cual me desplazo y ya no sé de mí. Así voy a seguir, hasta que me muera.
 
Con las pintopras Marisela Romero y Angelina García

Hace diez años acudí a entrevistar a la maestra Raquel Elías Mendoza, por solicitud de la Casa de la Cultura,  esta institución tenía el proyecto de hacer un libro con algunos trabajos musicales de la maestra, acompañados por una entrevista. Ignoro los motivos por los que dicho proyecto no siguió adelante, pero recientemente escuché la grabación de esta entrevista y me pareció todavía más interesante, diez años después, lo que la maestra Raquel platicó en aquella ocasión. Las preguntas mías fueron enfocadas hacia la formación de la Danza de Las Rosas, pero la conversación nos permitió conocer un panorama más amplio de sus aficiones y de su desempeño profesional.  En esta ocasión, y dado que retomo una entrevista muy añeja, no tengo más imágenes para ilustrarla que las que pude compilar en mis archivos pero, como ahora suelo decir, cuando no sea una imprudencia para nadie, complementaré estos artículos. También hay que considerar, ante cualquier dato anacrónico, que esta entrevista tiene ya diez años y que algunas cosas pueden haber cambiado de entonces a ahora.

Como siempre en estas transcripciones he suprimido mis preguntas y coloco entre corchetes  [  ] mis aclaraciones.
 
Conversaciones  Con las maestra Raquel Elías Mendoza

Yo nací aquí en Comonfort, en la calle Hidalgo, hasta allá, cerca del río. Nací el 25 de julio de 1928, hice mis estudios de preprimaria en una escuelita particular que estaba donde está ahora el Super de los Delgado; ahí estudié yo de parvulita. La primaria la estudié en la Manuel Taboada, casi me tocó estrenarla.  Estudié para maestra en el Instituto Federal de Capacitación del Magisterio, inicié en Cortazar, ahí hice el primero de secundaria, después se cerró ese Centro de Estudios y nos cambiaron a Guanajuato, posteriormente, ya que terminamos la secundaria nos mandaron a Celaya. En Celaya estudiamos la Normal, Cuando terminé la Normal yo ya trabajaba aquí en Comonfort de Maestra. No siempre estuve aquí, también trabajé en Neutla, en San juan de la Vega, en el Picacho, en San Agustín, tanto en la escuela Genoveva Mangelli como en la "Leyes de Reforma". Posteriormente me dediqué a la Supervisión, como auxiliar de la Supervisora. Las dos cosas me gustaban, con los niños es muy bonito dar clase, en realidad se batalla más con los padres de familia. En la supervisión no, es puro papeleo.  Di clases hasta 1986. Fui directora, tanto en San Agustín como en el Picacho.

Sí, me gusta mucho la música. Incluso he compuesto algunas piezas, algunas cositas que han sido mis locuras. Ya ve que dicen que: "De músico, poeta y loco todos tenemos un poco". Compuse canciones románticas, corridos y uno que otro himno, concretamente los himnos al Dr. Mora, al Pensador Mexicano y a la Madre. En todos los casos compuse la música y la letra. Nada más con el detalle de que no sé escribir música. Existen algunas partituras de mis composiciones, las he mandado transcribir, pero… ya no salen igual, no me suenan a lo que yo compuse.

La Danza de las Rosas la fundé en 1960. En ese entonces había, desde luego, la danza que le llamaban de Vals (o Valse), la de la Sonaja de Hombres, la Danza de los Concheros y la de los apaches. Actualmente la de Vals ya no existe en los remedios.   La idea de hacer una danza me surgió por lo siguiente: En ese tiempo había personas, de sexo femenino, que tenían manadas a la Virgen de Los Remedios, ya ve que acostumbran las personas a hacer sus promesas. Pero no podían bailar en la Danza de Vals porque ya estaban muy grandes; en los apaches no había muchachas en esos tiempos, hubiera sido una admiración; la de la sonaja de hombres pues es para puros hombres y las de los Concheros no les atraían. Así es que pensé en formar una danza para Señoritas.

La música la crearon mis hermanos: Rafael y Nicolás Elías. Ellos fallecieron hace mucho, Nicolás en el año 1969 y Rafael en febrero de hace muchos años.
La coreografía, los pasos, los movimientos yo los inventé. No voy a decir que yo estudié Danza o algo relacionado, no, simplemente se me ocurrían los pasos y quedaban.

También los vestuarios yo me los discurrí, fui pensando como me gustaría cada parte de la indumentaria. Al principio iniciamos con una sola falda y se fue aumentando a dos, a tres, y ahora son seis, se usan un día uno y otro día otro y en la remuda cambian también vestuario.

La música de la danza sí se ha transcrito, se cuenta con la partitura de cada pieza.

Empecé con dieciséis muchachas y empezó a incrementarse el número en cada año.  Al principio no tenían mucho deseo de participar porque no conocían la danza, no sabían de qué se trataba, yo las invitaba:
-¡Ándale!, te vengo a ver si quieres participar de la danza.
-Pues, ¿cuál danza?
-Pues es una danza que voy a formar
-Pero, ¿cómo es?
-Pues, ¿cómo te puedo explicar?, pero si quieres participar, participa.

Y se animaron a participar dieciséis muchachas, ya grandes, señoritas. Al año siguiente participaron veintidós y así, cada año fueron aumentando.
Ahorita son más de cien y cada año son más. Pero eso no es tan bueno, porque llegan a amontonarse y no se aprecian bien las coreografías. Es un amontonadero de muchachas que a mí no me gusta.
El único requisito que había para aceptarlas es que fueran señoritas, que no estuvieran casadas. 

Llegaron a participar señoritas ya grandes, pero habrán participado unas seis siete en la historia de la Danza. En general, pagaban alguna manda un año y ya no querían participar porque se sentían muy viejas entre tanta muchacha, ya no seguían bailando.

Yo tuve un accidente automovilístico que me impide caminar, menos bailar y mi cuñada se quedó como en el 90 o 95 encargada de la Danza.

Ya no voy a ver las danzas, en primer lugar, por esta dificultad para caminar, fui ahorita en noviembre porque se cumplieron cincuenta años de la formación de la Danza, me costó mucho trabajo, casi que me llevaban en peso.  Por otra parte, me da coraje que tenga tantos cambios, nada más las veo cuando pasan por aquí enfrente el día de la procesión. Me molesta ver a todas las escuinclitas, porque no es una danza para niñas. Cuando pasan por aquí, ese día, algunas de las muchachas me saludan, otras ya ni me conocen.

Entre otros cambios, le puedo decir que en los primeros años, las muchachas portaban un sombrero de plumas y a hora usan un tocado.

Viendo a Futuro pienso que esta danza va a durar mientras mi cuñada se haga cargo, a menos que después otra persona quiera tomar la responsabilidad.
No es algo fácil. Empezando por los ensayos, quitan tiempo, pareciera que no pero sí. Sin embargo, yo recuerdo con gusto los días en que dirigía la danza.
No creo que el hecho de ser maestra tuviera alguna influencia para que las muchachas se acercaran, simplemente les llamaba la atención y por eso participaban.


Hoy en día no hay nuevas danzas, como que sacan nuevas danzas de apaches, pero no algo nuevo, quizás la última que se creó nueva fue la del torito, pero tiene también muchos años.

A mí me parece sumamente importante que esta y las demás danzas se conserven, es la cultura del pueblo, es lo que nos hace diferentes a otros pueblos.
A mí, esta Danza de Las Rosas, me parece importante por sí misma y, por lo que me han dicho, les parece importante a otras gentes, entonces más me agrada recordar que yo fui quien la creó.

A mis hermanos, que hicieron la música también les gustaba mucho, lo digo porque se animaban a estarme escribiendo música para que bailaran.  En el primer año nada más se bailaban tres números, luego fueron más y se incrementaron hasta catorce. Ya luego no hubo más porque ambos fallecieron. No creo que nadie hiciera nuevas composiciones y creo que tampoco me gustaría.

Mis dos hermanos tocaban en la Danza, mi hermano Rafael tocaba trompeta, mi hermano Nicolás el Saxofón y don Filogonio Martínez, a quien usted tal vez conoció, tocaba el violín. A veces tocaba con clarinete, pero la mayor parte del tiempo tocaba con violín.  Los músicos actuales siguen los parámetros originales, incluso en la instrumentación.  Los días de fiesta hasta aquí a la casa me llega el murmullo de la música, muy tenue.

El nombre se me ocurrió de repente. No hallaba que nombre ponerle, pero se me figuraban puras rosas en botón.

Las terrazas están al menos desde que iniciamos nuestra danza y cada espacio, cada terraza, tiene su "propietario" que tiene prioridad para bailar. A mí ese espacio, esa terraza de a mero arriba me la cedió un señor que vivía en Celaya, se llamaba Trinidad, pero no me recuerdo su apellido. Él y su gente venían a componer la cera para el altar, le ponían coronas y otros decorados de la misma cera, hacían unos decorados muy bonitos, con varios días de anticipación se venía a Comonfort. Desde las primeras veces que comenzábamos a bailar el día jueves (porque se empieza a bailar el jueves), estaba ahí sentado viendo la Danza, y con el tiempo nos conocimos y nos hicimos amigos. Un día le pregunté:

-¿Y de quién es este lugar?
-Es de nosotros -me dijo- pero si usted quiere yo se lo voy a dar para su Danza, para que lo usen hasta que su Danza deje de bailar.

Por eso nos tocó ahí.

En mi juventud también escribí poemas, locuras de esas épocas. Son puras poesías de amor y a lo mejor ni están bien hechas, yo ni tenía conocimiento.  Ya en mis canciones sabía, más o menos como acoplar la letra con la música.  Tengo transcritos los corridos a Comonfort, que son tres, y el himno al Doctor Mora.

Yo participé en la primera banda de Guerra que hubo aquí en Comonfort, que fue de la presidencia municipal. Estaba de presidente municipal el Sr. Félix Almanza. Él fue el primero que puso banda de guerra en Comonfort, a mi hermana y a mí nos incluyeron en la banda porque demostramos que podíamos tocar. Nuestro instrumento era el clarín, no nos parecía tan difícil porque es cuestión de saber acomodar la boca y enviar el aire para que suene la corneta.

Sí, se puede decir que yo formé la banda de la Manuela Taboada, porque había banda pero no había instructor. Duré doce años como instructora de la Banda de Guerra; desde luego por ese trabajo a mí no me daban ni un centavo, lo hacía por gusto y siempre era después de clases. Ahorita hay muchas bandas de Guerra en Comonfort, no sólo las de las escuelas, es un tanto por negocio, cobran por participar en los eventos que los llaman. Tocan bien en general.

También di clase de alfabetización durante dos años, me daban cincuenta pesos al mes; era casi por gusto. Al principio no me daban nada, después el director de la escuela me dijo:

-No es justo, le vamos a dar cincuenta pesos al mes.

(Muy buenos a final de cuentas).
Ejercí 61 años el magisterio, me retiré en enero del año pasado [2009]. Sí lo extraño, mucho. Sí me aburro en casa, porque siempre está uno acostumbrado a llevar otra vida.

Me han dado muchos reconocimientos, pero de los que me parecen muy importantes, son dos reconocimientos que en realidad son una conquista sindical, uno es la presea de Plata que se llama "Rafael Ramírez", cuando se cumplen treinta años de servicio, la otra es la presea "Ignacio Manuel Altamirano" cuando se cumplen cincuenta, ambas ya las recibí.
Como le digo es una conquista sindical, es decir tienen que ser entregadas sin que medie ningún requisito ni la decisión de nadie. Pero, independientemente a eso, me dieron la medalla al mérito sindical porque yo también anduve en esos menesteres. También,  cuando la danza cumplió cuarenta años las autoridades municipales me dieron una medalla al mérito.

Por cierto que esos corridos que escribí a Comonfort participaron en un concurso de composición musical que hicieron  cuando se celebró el cuarto centenario de Comonfort. Lo curioso es que yo me traje los tres lugares, me dieron medalla por el primer lugar y medalla por el segundo, por el tercero nada más me dieron un reconocimiento.

Tengo también reconocimientos por parte de la escuela, también uno por el día mundial del docente; ese me lo entregaron en Irapuato. También por diferentes causas, digamos que a nivel más pequeño, como cuando compuse el himno al pensador mexicano, la comisión de la escuela me dio un reconocimiento. Sin embargo nunca me dieron uno por el himno al Dr. Mora, y eso que lo canta la secundaria Dr. Mora cuando les toca participar en el mes de octubre; también la preparatoria Dr. Mora lo ha cantado.
Yéndome más atrás en mi historia, le cuento: Tuve la oportunidad de cantar en la radiodifusora de Irapuato, la XEVO, con mis hermanas, teníamos un trío, ellas se llamaban María y Socorro (yo fui la más chica y soy la última de todos mis hermanos), cantábamos boleros, rancheras, un poco de todo. Después de eso nos hicieron un homenaje muy bonito, luego de participar nos recibieron en una casa, fuimos a una cena y no imaginaba yo, tanto homenaje y hermoso trato.

También canté en México en la XEW. El Señor Arcadio Elías, que fue director del Mariachi Nacional, es mi Primo; nos invitó a hacer una prueba para participar en la película "La Mancornadora" [1949, dirección Ernesto Cortázar]. Nada más que cuando fuimos a hablar con mi mamá, mi mamá no nos dio permiso. Finalmente quienes ocuparon nuestro lugar fueron las tres conchitas, mi mamá dijo que no, que era una vida muy disipada que a ella no le gustaba eso; le gustaba la música y que cantáramos y todo, pero ya que fuéramos para allá a participar no. Y no quiso. Yo le decía a mi hermana María:

- Vámonos que, tiene que se enoje mi mamá.
-No -me dijo-, porque si algo le pasa a mi mamá nosotras vamos a ser las responsables.
Cuando le insistimos nos dijo:
-Váyanse, pero hasta hoy tienen madre. 

En otra ocasión, casi como una ocurrencia tocamos la marimba en Guanajuato mis dos hermanos, María y Nicolás, y yo que éramos los que estudiábamos en esa ciudad. Era una clausura de cursos en el teatro Juárez y fue una sorpresa para los estudiantes de la Normal porque se abrió el telón y estábamos nosotros tres, tocamos Nunca en domingo, Dios nunca muere y una marcha que no recuerdo el nombre, pero los sorprendimos y nos aplaudieron mucho. 

Del Comonfort de hoy hay cosas que me gustan y otras que no. No me gusta que, aunque siempre ha habido delincuencia, hoy en día nos e puede vivir casi, antes sí pasaban sus cosas, había sus delitos, pero muy espaciados.

Lo que sí me gusta es que la educación ha cambiado mucho, porque cuando yo era joven no se podía estudiar, debido a que había que trasladarse a Celaya y, muchas veces, faltaba el recurso económico para el pasaje.

También era mucho más difícil para una mujer estudiar. Conocía yo a una enfermera que me sugirió que estudiara enfermería, incluso ofreció prestarme sus libros para estudiar. Pero tenía que irme a Guanajuato a estudiar y mi mamá no me lo permitió. Pero también me gustaba mucho la enfermería, yo atendía el botiquín cuando estaba en la Manuela Taboada. Por ese motivo realicé algunas curaciones. Llegaban los niños con puntas de lápiz enterradas en la espalda, y yo los curaba y le sacaba esas puntas.

No tengo idea, si me hubieran tocado estos tiempos qué hubiera estudiado, pero no por eso dejo de estar contenta de todo lo que sí he podido realizar.
 
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