Chamacuero, Gto.
(También llamado Comonfort, Gto.)
Personas, personajes   (figuran en el órden en que se compilaron estos escritos)

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Don Abel Laguna Naranjo

Hace unos mese el ing. Pepe Medina me invitó a continuar la realización de un libro sobre el equipo Aztecas de Comonfort, labor gratificante y enriquecedora que avanza quizás lenta pero constante.  Hace unos días me sugirió platicar con el señor Abel Laguna, a quien ambos apreciamos, por su trato amable y efusivo, y a quien ambos admiramos por su tesón para construir un templo partiendo solamente de sus ilusiones.

El día 24 de abril de 2022 concretamos esta plática, misma que fue fluida y amena, y en la que casi no se requería hacer ninguna pregunta, como si don Abel tuviera una cierta necesidad de contar la historia de sus motivaciones, así como de los terribles desencuentros que tuvo con sus seres cercanos y los problemas que debió enfrentar. Nada de lo cual, por cierto, lo hizo cejar, jamás, en su empeño de construir un templo en esa cumbre que todos, desde generaciones atrás, miramos con profunda fascinación.

Ojalá, y lo mismo piensa el Ing. Medina, que cuando usted mire con devoción o con asombro, esa construcción en la lejanía, o cuando acuda al templo por sus motivaciones particulares, e incluso cuando suba o baje por esa hermosa vereda diestramente enlajada, no olvide (no olvidemos) que todo ello proviene de la perseverancia de un hombre al que no pocos llamaron loco, y él, lejos de incomodarse terminó por demostrarnos la maravillosa dimensión de su locura.

Yo nací en San Agustín, ahí nací, ahí crecí, mis papás de ahí me trajeron. Luego mi papá, que tocaba con el difunto Rafael Elías, me empezó a enseñar. Toqué un poco de batería, pero me daba unas regañadotas; hasta me hacía llorar. Mi papá tocaba el tololoche con ellos y me llevaba chiquillo; pero yo no quería, porque luego teníamos que trabajar el campo y yo al campo sí le saqué porque es una friega. Se levanta uno a las seis de la mañana. "No, eso no", me dije. Y luego ya le pensé y le metí duro al estudio, casi líricamente, porque mi papá no me enseñó mucho, pero el maestro Rafael Elías empezó a meterme muchas ideas, de la música que él sabía. Pero agarré muy poco también, porque uno se crea en la pobreza, bien desmemoriado. Yo tocaba la batería entre los once o doce años… y pues ya en la escuela de la vida empecé a aprender violincillo, mi guitarra, mi vihuela, un poco el acordeón. Me voy enseñando poco a poco. También hago mis cancioncitas, medio a lo loco. Canciones de todo, de lo que me nazca, a veces me nace de religión, de desprecio, de aprecio, de todo. Ya fui creciendo y hasta decía yo: "Pero ahora que crezca voy a trabajar pa'puro pan". De chiquillo me gustaba mucho el pan. Ya cuando crecí y ganaba dinero, pues sí compraba harto pan.
Luego de unos trece años, me fui con un mariachillo. Tocaba yo mi trompeta, me llevó para Tula, andábamos por ahí de gira y yo me ponía a estudiar. Casi me hacían llorar, querían que yo tocara no sé qué tanto y yo nomás sabía: Do, Re, Mi, Fa, Sol La…
Yo tuve un hermano mayor, nomás que nunca me quiso enseñar nada. Ya murió mi hermano. Poco después ya sacaba yo los tonos líricamente, cuando fui por ahí que iba de gira, trabajé en Celaya,  San juan del río, con mariachillos. Íbamos a los bares. Ya después me fui para México, me invitó don Fermín Ramírez, el papá de dos trompetistas del Mariachi México. Él me preguntó:
-¿No te quieres enseñar? -y me instruyó.
Yo quería trabajar para ayudar a mi familia, porque sí estábamos en la mayor pobreza; yo decía: "'Ora que ya trabaje voy a ayudar a mis papás". Sí los aliviané, pero entonces se me vino el vicio [Del alcohol] Ahí sí, cuál pan ni cual nada. Como dijo aquél: "Vino, mujeres y canto..."
Pasa el tiempo, pasa la vida y vuelve uno a lo que era de niño; ya el pan ya no me gustaba pero ahora que no puedo tomar otra cosa, otra vez se me antoja. Aunque yo creo que tengo como lombrices o hasta solitaria, porque se me antoja harto el pan. Me estoy curando con una doctora, no le daba a mi enfermedad. Tengo padeciendo harto. Yo creo por el vino que le atranqué harto, pero harto,  híjole qué barbaridad. Lo que más le atranqué fue al pulque y yo creo que ese hace muchas amibas y uno de músico: una que me invitan y otra que me invito yo, pues ahí voy a seguirle. Y no era de que me gusta una cheve y ya. No. A tomar y tomar hasta que…
.Por eso  ahora digo yo: "¿Por qué fracasé? pues porque me gustó mucho la Eva, la uva y la hueva; y por el I.V.A.".
Me casé, mi mujercilla es de aquí de la Morelos, con el tiempo llegué a procrear mis hijos. Pero me gustaba mucho el vino. El vino, el vino. Me decían:
-'Ora Albino, ven acá Albino.
Ya después comenzó a crecer mi familia, comenzaron a crecer mis hijos y crece el resentimiento de que no me quieren… o que no me comprenden o que no los comprendo. Ya después me separé de mi mujer, fue cuando doña Chatita, la señora del telégrafo,  trajo al Señor de la Misericordia de Tepatitlán, Jalisco.  Mi tío Ernesto cuidaba al Señor de la Misericordia, me invitaba: "Vente". Y yo: "Sí, vamos". Y le ayudaba con el Crucificadito, que lo pusieron en la parroquia. Y como le ayudaba a mi tío la señora Chatita me motivaba, me metía ideas y como que me fui fanatizando. Entonces, cada que me iba a México, cuando regresaba, al dar vuelta desde las carnitas Olalde, clavaba la vista al cerro y cuando me iba, a veces pedillo,  me hacía voltear, y en alguna de esas idas o vueltas me dije: "Ahí voy a hacer un templo… ¡Sí, sí voy a hacer un templo!" Pensé y esa idea nunca me abandonó.

A todo mundo le platicaba yo:
-Voy a hacer un templo al Señor de la Misericordia, allá en la punta del cerro, allá.
Y todo mundo:
-¿Pero qué… estás loco? Estás loco.
Hasta mi misma familia me lo decía. Con mi familia nunca he coincidido, que les de gusto, qué digan: "Qué a todo dar, va a hacer un templo. Hizo un templo". No. Hasta ahorita están alejados, me decían que estaba loco. Y yo me digo que a lo mejor el diablo se metió más, en el capricho de ellas y en mi locura. Y más me lo querían quitar: que ¿para qué?, que ¿qué me iban a dar?, que ¿qué iba a ganar. Mi mujer varias veces me dijo:
-Ándale, tus hijos ya piden el domicilio de un siquiatra en Celaya para que te revise tu  cabeza porque la gente dice que estás loco.
Y yo:
-Ah, ¿no me creen?
-No, pos como vas a construir un templo allá.
Me salía y como me gustaba echarme mis pegues, me iba y allá en las pulquerías me ponía pedillo y le platicaba a todo mundo.
-Sí, Abel, aviéntate -me decían y más me ilusionaban.
Con mis hijos empezamos a formar el mariachi Comonfort, pero yo estaba ya loco (fanatizado). Empezábamos a traer aparatos y ahí, en la explanada del DIF, en medio de una presentación decía yo:
-Señores aquí vamos a levantar un templo -desde ahí se ve rete bien.
Mis hijos se me quedaban viendo, como que no les parecía. Discutíamos y discutíamos. Ese día traían harto coraje, me llenaron, les dije:
-Ya no estén fregando, no es forzoso que den ustedes a entender que yo soy su papá, si tienen vergüenza de mí, sigan con su mariachi. Yo sigo con mi locura, como dice la gente, y ahí nos vimos.
Me salí del mariachi Comonfort, ahí siguieron todavía ellos y siguen todavía. Yo después, últimamente, me dedico más a la música. Me preguntan por qué tengo hartos discípulos, otros me llevan y otros no, otros me critican.
A mí me hicieron celador en el Santuario de Atotonilco, me tomaron como celador, quizás porque yo ayudaba con la música, no por mi buen comportamiento. Allá en el Santuario, antes de empezar con el Señor de la Misericordia, Marcial Ramírez era mi amigo, nos queríamos mucho como y me llevó al baile, nos decíamos compadres. Yo lo metí al Santuario a él, y ahí vendíamos harto casete. Salía una buena feria y yo le decía:
- Compadre, pa' que te lleves una buena feria.
Casi se llevaba toda la feria él, yo lo hacía para ayudarlo. Como yo ganaba bien de mariachi, pero este le di la mano y me agarró la pata. Un día me dijo: "Te vamos a grabar", yo metí mis canciones, pagué mariachi, pasajes. Me decía: "Yo te voy a ayudar, compadre". Me ayudó con la cinta, pero le puso el nombre a las canciones, le puso su mariachi y a mí poco a poco me fue haciendo a un lado de la publicidad. Se clavó con todo y quesque mi compadre. Luego se puso de acuerdo con el de la grabadora, un día que fui yo ahí, telefoneó a una parte de Veracruz, el de la grabadora me dijo:
-Su disco no se vende nada, don Abel (era casete).
Me dijo, casi casi, que me olvidara de ello y de cualquier regalía. Me salí de ahí casi llorando, pero a mí se me hace que fue pura tranza de éste y de aquél. A la hora de que echamos pleito ¿qué le quitaba yo si la cinta era de él? Buscó la forma de darme el tiro de gracia y él se quedó con todo. Ya dije yo: ni modo- Ahora lo que hago yo de mis canciones es que me las graba el Gordo Plaza en la computadora. No se oyen muy bonito pero pos ahí va.
Entonces, vuelvo a repetir, cada que me iba a México siempre volteaba a ver al templo parroquial y la punta del cerro. Me despedía del templo y de la punta del cerro. Cuando venía lo primero que veía era la punta del cerro, me llamaba mucho la atención verla, llegando y al irme.  Para entonces ya estaba yo fanaticado, me acuerdo que doña Chatita me pedía ayuda y yo luego luego, le ponía conjunto al Señor de la Misericordia.  Y pensaba yo: "¿Por dónde empezaré?". Y alguien me dijo: -Ve con el padre, con el cura.
Estaba el padre Toñito Lara.  Fui y le platiqué:
-A mí me dan ganas de hacer un templo allá en el cerro, padre.
Se me queda viendo, yo creo que en su pensamiento también diría: "Otro Lucas".
-¿Qué hago, padre, 'ora qué hago?  Instrúyame usted, padre, yo no sé ni por dónde empezar. Por andar abriendo la boca dicen que estoy loco.
Me dijo:
-Mira, Abel, lo primero que debes hacer es informarte quién es el dueño de allá. Y al que sea el dueño, velo,  que te dé eso por escrito.
Me dijeron que era  don Toño López, de acá de Camacho, un señor güerito, zarquito. Acaba de morir. Lo fui a ver, me dijo:
-Sí, pero yo no tengo nada de papeles, sí era mío, desde mi papá y se lo vendieron a Reyes Martínez, aquel que le decían el Indio de Jalpilla.
Pos ahí voy, porque estaba yo bien ilusionado, que ni dormía, y como me echaba mis pegues, pues más me apasionaba. Dije yo: "Me aviento porque me aviento" Y había gente que me animaba y otros me la echaban:
-'Ora loco, 'Ora Lucas.
Y yo decía:
-Ah, ¿no me creen?
Más me lo quitaban y más me encaprichaba, mi familia más me lo quitaba y yo me encaprichaba, le decía a mi mujer:
-Mira, yo no sé, porque pienso que nunca le he regalado nada bueno a mí Señor y quiero ofrecérselo, me cueste lo que me cueste. Quiero llevar algo porque dicen que algo bueno se lleva ante la presencia de Dios. Algo bueno será para uno, pero ay de mí si no llevo nada, ay de mí si me voy pobre de lo que pueda yo merecer y yo quiero eso, no sé…
Entonces, más me lo quitaban; más me apasionaba. Fui con el señor Reyes Martínez, un señor muy respetuoso, él tiene una hija soltera, ya grande, le dije:
-¿Está tu papá?
-Sí.
-Háblale, por favor.
Ya salió, con una mirada muy… como de Gabino Barreda. Me dijo:
-Tú: ¿tú qué quieres?
-Mire don Reyes, fíjese que yo tengo una onda de hacer un templo, en la punta del cerro, y me dicen que usted es el dueño de ahí. Yo quiero que me lo venda, me lo regale, no sé, yo quiero levantar un templo al Señor de la Misericordia.
Se me queda viendo:
-Mmm, a mí se me hace que eres un intruso.
-Oiga,  don Reyes, ¿cómo cree?
Le dijo a su hija:
-A ver tráeme lo que tengo ahí guardadito en el ropero.
Quién sabe qué sería, yo mejor me fui. Pero le seguí terqueando. Un día me dicen los celadores del Santuario de Atotonilco:
-Mira, nosotros te vamos a echar a andar a don Reyes Martínez, te vamos a recomendar bien.

Un día me mandó hablar:
-Dice don Reyes que vayas.
"Ya estuvo" me dije y me dijo don Reyes:
-Ay, muchacho, ¿dices que tu papá es El Pesetas? Pues el día que se casó el pesetas con su vieja yo me casé con la mía, el padre nos casó a las cuatro de la mañana. ¿Por qué no dijiste que eras hijo del pesetas?
-Pues no me dio tiempo, don Reyes.
-Y ¿qué cosa quieres?
-Pues yo quiero que me venda la punta del cerro, o que la regale, no sé…
-Y ¿cuánto me vas a dar?
-Pues, don Reyes, no sé.
-Pues dame mil pesos
Mil pesos. Era de cuando valían harto los de a mil, y ya no han subido.  Mil pesos, el chiste es que no sé cómo estuvo, que cuando yo fui quería más, usted me dijo que mil, don, no pero es muy poco dinero total que nos arreglamos. Fueron mil pesos pero ya de los de este tiempo, Pero de todos modos estaba amolado. " 'Ora para juntarlos". Hay vengo re ilusionado y hasta a veces sentía hartos mareos, pero sentía re bonito, creo que ese mareo que me daba, como que me animaba, como que me daba ánimos, como que, no sé… Entonces me dijo un día don Reyes:
-Tráeme los mil pesos.
Ahí vengo, no sé cómo le hice, los junté y ya le dije a doña Chatita:
-Ya está, ya le saqué las escrituras.
Y al padre:
-Padre, ya están aquí las escrituras, ¿y ahora?
-Búscate un Licenciado
-Mi sobrino  es licenciado -dijo doña Chatita y ya fuimos a verlo.
Fue López Portillo, el que fue presidente, me dijo que me hacía las escrituras. No me cobró ni un centavo y me las hizo bien chidas, bien chidas. Pero para eso, vuelvo a repetir, yo seguía mi lucha, le echaba ganas, 'ora sí que después empecé a desafanarme de mi familia.  Es que  mis hijos nunca han estado de acuerdo en que los hice músicos. No les gustaba la música. ¿Qué más les voy a dar, hijos? No tengo dinero ni sabiduría para hacerlos licenciados, ¿qué más los voy a hacer? Decían:
-Es que a mí no me gusta la música.
-Pues van a estudiar la música porque yo digo -los hice músicos.
Empezó a correr el tiempo, ahí seguíamos, yo me iba a Garibaldi, lo que traiba ya de dinero, pos como ya mi familia comenzaba a distanciarse de mí, todo mi dinero lo metía y todo lo de aquí, que ganaba por aquí, iba para el templo.
Por cierto, andaba bien ilusionado, me decían por ahí, por algún difuntito:
-¿Cuánto nos cobras por tocarle al difuntito fulano?
Me quedaba pensando:
-Sabe qué, deme lo que usted quiera, pero me va a dejar  charolear.
Me llevaba mi imagen y pos sí, le echaba hartas ganas, solo con mi guitarra, solo. Entonces de que me pagaban ya me venía me venía a pie. Había un señor Palomino, que tiene una ferretería allá en la veinte, llegaba yo y pedía que me mandaran tanto de esto, tanto de cemento. Y decía yo: "Así lo voy a ir haciendo, así lo voy haciendo". Nada más que para eso, en mis borracheras encontré un señor, se llama Javier. Me dijo:
-Yo soy albañil, patrón.
-¿Tú me vas a ayudar? -le pregunté.
Pues sí, me ayudó y convivíamos con él, casi comíamos en el mismo plato. Yo me iba con su familia, a veces ahí me quedaba, me daban de comer y yo les pagaba. Porque Javier allá la hacía de trabajador, de velador y -pobrecillo- nos queremos bien harto yo y él. Ya me hacía de comer y hasta bailaba y, pos cómo me gustaba a mi bien harto el pegue, nos poníamos pedillos. Al otro día él se iba a trabajar yo venía a mi viña aquí. Pero pasó el tiempo y mucho que me robó Javier. Mucho que me robó. Me decía la gente que vive ahí en la colonia Santa Lucía:
-Oiga, don Abel, ¿pues qué no sabe que este muchacho es bien ratero?
-No, señor, a mí me quiere bien harto.
Pues sí, me daba buena cara, pero me hacía después unas tranzas medias trabajosillas. Él y su señora. Yo estaba aquí con mi botecito y llegaba la señora:
-Don Abel, asaltaron allá en la iglesia.
Yo estaba bien ilusionado y podía correr, dejaba aquí mi botecito y en una carrera subía hasta arriba, ya llegando ahí miraba hartas piedras, que tumbaron la piedra a puras pedradas, pero yo creo que era invento de ellos. Otra, andaban componiendo el camino, el camino de aquí para allá ya estaba borroso, estaban las piedras pero estaba borroso, dicen que ese camino lo usaban los indios para bajar a caballo a asaltar a la gente que andaba por aquí. Entonces yo metí gente para que revivieran las piedras, acomodaran el camino. Pero Javier seguido se peleaba con ellos, no quería que anduviera gente por allá, no quería que vieran. Después compré un burro para cargar las cosas, con ese lo subíamos y me decía la gente:
-Don Abel, ese mismo burro baja las cosas de vuelta.
Y yo, como a otro día me venía a trabajar lo dejaba a sus anchas.
La gente me decía:
-¿Qué no sabe usted que este es un ratero, sube las cosas y en el burro las baja en la noche
Un día que me cansó tanto lo que me decían se me ocurrió decirle a Javier:
-Javier, mira, me dice la gente que así y asá que mira -andaba yo bien pedo y me dijo:
-Ay, patrón, pues ¿quién no va a robar ya, en este tiempo?
-Entonces ¿sí me estás robando?
-Qué de malo tiene.
-Pues sabes qué, ya no quiero que te me pares allá.
Y esté agarró capricho. En ese tiempo metí a un señor de San Miguel, le decíamos Miguelito y él iba a trabajar, la señora de Javier iba disque a barrer, pero nada más iba a traerse las cosas. Esa señora se miraba rete buena gente y cuando andaban trabajando muy a todo dar todo. Pero después que ya vi que eran unos… enemigos, eran enemigos, los despedí. Yo tenía una pistolita y un día fue la señora a barrer y se trajo la pistola. Cuando le pregunté:
-Señora, ¿por qué se la trajo?
-Yo no me traje nada, don Abel.
Y se ponía bravos, "ya estuvo", decía yo, "hay muere".

Ya después un señor, Pedro, Peter me preguntó que si me ayudaba y le dijo que sí. Nada más que Peter era muy recio, regañaba la gente. Metí yo dos chamacos, eran hijos de Pera la Loca: El Kika y El Bebé, los metí a trabajar ahí. Me dije: pues para darles trabajo y ajuarearlos, apoyarlos. Pero cómo los regañaba de odio el Peter. Yo le decía:
-Déjalos, de todos modos están tontitos, esos son los que hay que apoyar, darles trabajo, aunque tú veas que están tontos, para Dios no están tontos. Porque toda la gente tonta, pobre y marginada son los que más queremos, a lo mejor, al Señor.
Él se hizo amigo de una señora, pero entonces ya tenía velador allá, ellos se quedaban un día y una noche y nos turnábamos, me quedaba yo o se quedaban allá un día ellos. Pero luego salió el Peter con que yo quería mucho a los chavos aquellos que les regalaba el dinero, bueno, un día llegaron y aventaron las llaves:
-Ahí'stá, tú no quieres entender, tus dos peones que traes allá nomás se hacen… y tú les pagas.
-Pero Peter, no hay más, hombre.
El chiste es que me aventó las llaves, la señora también se salió, fue cuando dije yo: " 'ora sí que me llevó la fregada, ¿qué voy a hacer, pero para eso doña Lupita ya empezaba a ir. Me preguntó:
-Don Abel, ¿de nuevo le ayudo a juntar la limosna?
-Sí doña.
Muy activa, muy activa la señora, nomás que también tiene lo suyo. Me ayudaba ajuntar la limosna, le dije:
-Sabe qué, señora ¿por qué no se mete usted de fregona aquí? Yo soy su segundo de usted o su tercero, es más yo soy su trabajador último, pero usted métase de fregona.
-Usted verá, don Abel.
Pero para eso la mujer de Víctor Landín, me regaló como unas cuarenta sillas, pero ya se caían de viejas, casi remendadas, me dijo:
-¿Cómo ve si le regalo cuarenta sillas?
Le dije que sí, echaba viajes para allá arriba don Roberto Río; se llevó las cuarenta sillas. Ahí estaban y luego ya cuando a doña Lupita le di el mando le dije:
-Usted mande, doña Lupita, yo no sé mandar.
-Entonces, don Abel, ¿usted me va a obedecer?
-Pues sí,
-Entonces, esas sillas póngamelas a medio cerro, compra gasolina y les prende fuego.
-Pero doña… 
"Pues ya", pensé yo, ni modo, a hacer lumbre allá. Me había dicho la señora que las arreglara, pero ya estaban más para allá que para acá. Así fue que a doña Lupita la puse de mandamás.
Pero cuando me acuerdo, lo que sí me dolió fueron las tranzas de Javier. Y yo que lo quería bien harto… Cuánto no me robó. Farsante.
Me afectó eso del Javier, pero más de don Pano, un señor que vivía del panteón para arriba, un señor que según era brujillo, según:
-Pero hombre, Abel, ¿qué río traibas allá en la punta del Cerro?
-¿Por qué?
-Pues andaban tus indios a baile y baile -pensé: "Estoy loco o este señor está más loco que yo" -Ya hay una tribu de indios allá arriba y dicen que tú eres el mandamás, pero andaban jugando los indios.
Una señora que andaba por allá, señora ya grande me decía:
-Muchacho, ya supe que estás haciendo un templo, esa mirada que dices que tú la sentías, a mí también me llegó muchas veces. Y yo ya miraba un templo y me decía que algo iba a haber allá arriba, que iba a haber algo. A mí se me hace que tú eras el de los sueños que yo soñaba, que tú lo estabas ya haciendo.

El chiste es que yo seguí y seguí: más me lo quitaban; más me adentraba. Pero, vuelvo a repetirlo, sí me atonté mucho porque Javier me hizo un robadero.  Cuando le dejé el mandamás a Lupita, yo le daba para los dos peones, cada peón ganaba mil pesos cada ocho días. También componía las dos troquitas que teníamos, para subir agua (ya nada más queda una), pero luego comencé a enfermarme. Pero para eso,  yo creo, todo se me ha juntado: mis hijos empezaron como a echarme en cara:
-Nos hiciste músicos.
-Pero hijos,  así se mantienen, -no pero que quién sabe qué.
Además los hijos, por lo regular, más están de acuerdo  con la mamá y la mamá: "que no, que quién sabe qué. Aunque eso fue antes de que yo empezara el templo. Un día agarré mi guitarra…  y llorando me salí de aquí de mi pueblo, hasta le escribí una canción:
Con un dolor muy adentro,
que hiciste el intento
me fui a  aventurar,
en la central de mi pueblo
me dio por llorar…
Me fui para Laredo con un grupito de aquí de  los famosos Buitres, les dije:
-Denme la pega, para salirme de aquí.
No pos me fui con mi guitarra, allá me la pasaba a todo dar, allí duré medio año, un año, pero ya para entonces mi Santa Madrecita se empezaba a enfermar y para la de malas: tanto que le batallé, para pasar al norte. Me hicieron un robadero, hasta que un día se me hizo pasar. Allá tenía yo un hermano. Tenía veinte días allá y cayó bien enferma mi Santa Madre, me dijeron: "Te vienes, porque tu mamá ya está en el sanatorio Celaya". Y dije yo: "Si no me voy, jamás voy a ver a mi santa madre, pero tanto que batallé para pasar… ¡Me vale fregada! Me vine y ya vi a mi santa madre morir. Cuando llegué al sanatorio me dijo:
-Ay, hijo no me puedo ir, te estaba esperando, hijo. No vayas a dejar a Queta, no vayas a dejar a tu mujer, no vayas a dejarla.
-No, jefa.
Y yo sí pensaba dejarla, por todas las situaciones que ya había pasado y vivido, pero más bien obedeciendo el juramento que le hice a mi santa madre, pues a lo mejor me estaba yendo un poco bien. Luego del funeral regresé, me gustó, me empezó a gustar. Pero ya no pude pasar, me fui por Matamoros, por Piedras Negras. Me mantenía con mi guitarra, me salía por las noches; había menos peligro. Me echaba unas de José Alfredo y pues sí me salía para vivir, aunque desvelado. Sí llegué a ver que se agarraban a balazos, yo mejor le corría, si yo no buscaba eso, sino chambear.
Y cuando caí a Laredo me empezaba a ser feliz; encontraba amigos y hasta encontré uno que tocaba el acordeón. A él lo echaron de su grupo y se juntó conmigo. Ya empezaba yo a ser feliz, pero tenía este juramento. Dije que voy a hacer el templo y lo voy a hacer y me decían: "Pues, ¿para qué quieres eso?", y un día dije: "Vayan a la fregada" y ni adiós les dije agarré mis cosas y pélale. Pues cumplí con lo que al señor le había prometido, estoy cumpliendo con lo que a mi Santa Madre también le juré y ahí vamos. A ver qué Dios dice. Me siento muy contento de haber sido su trabajador del Señor que me dio chance de todo ello. Nunca le había dado yo nada, pura lata, pura lata, borracho, parrandero, jugador  y lo demás.
En algún momento me junté con mi mujer de vuelta y ahora pasa que ahí estamos. Mis hijos me echaban mucho en cara todo y ahora, que también empiezan a tener su familia, ya le bajaron. Dice la palabra esa: "a lo mejor ya sienten pasos en la azotea".
Le decía yo que a doña Lupita le daba dos mil pesos para los peones, eran un peón de noche y otro de día, le echaba gasolina al carro, componía las trocas. Todo del dinero que yo ganaba y de lo que pedía. Ya después hasta se me quitó lo borracho, el amor que yo le sentí a mi Señor, trabajar, echarle ganas. Decía: "Señor, si yo nunca te he regalado nada, voy a tatar de ofrecerte esto, aunque cuando acabe el templo me muera".  Entonces se me agravó un mal de orín, que empecé a padecer desde que era bien borracho. Me daba y me hacía chillar. Di con un doctor en Celaya, me dijo, luego de unos análisis que estaba yo muy mal de la próstata, que tenía muy avanzado el cáncer y que tenía que operarme. Yo por eso sentía caliente, caliente.  Yo dije: ¿También esto? Pagó la operación un hijo que tengo en el norte, que sí me quiere, dice, pero no puede pasar para acá. A mis demás hijos fui a decirles y me negaron toda su ayuda.  Me operaron pero no me quitaron el mal de orín. Luego fui a ver doctores de aquí y ninguno, al final creo que tengo amiba o parásitos, pero la medicina no me hace, me curo con epazote, ajo, me hago mi cocido y en la mañana como que siento que se me están saliendo los gusanos, entonces me mermó mucho el mal de orín.
Pero volviendo a doña Lupita, ella quería que yo le siguiera dando dinero, le expliqué que ya no tengo. Entonces ya no le daba nada, le dije:
-Mire, doña Lupita, ya las trocas ahí están, no están muy compuestas, pero usted tiene mucho empleado que sabe manejar, dígales.
-Pero es que usted debe de llevar algo.
-Ya no puedo, señora.
Pero me dijo que le iba a decir al padre, y no sé quién me lo echaba andar. Ya ni me habla, ni le hablo. Sí debo hablarle porque es mi patrón, pero un día me dijo:
-No, don Abel, por ahí me dicen que usted es un impostor, un sinvergüenza.
Un día de los filarmónicos ahí voy con mi flauta a tocarle, pues me regañó. Mucha gente me ha echado a andar a los padres, dicen que vengo bien servido ¿Pues de dónde? Harta gente que tengo yo en mi contra
Y sí tiene uno enemigos, porque me acuerdo yo que trabajaba y acababa bien cansado. Un día ya para irme para mi barrio, a una bicicleta mía que tenía le metieron alfileres, hartos alfileres para que si me subía me quedara ahí yo pegado. Estaban bien acomodaditos. Pero yo digo mi Dios sí me quiere, el que no me quiero soy yo porque no me he enseñado a obedecerlo. Pero una persona los notó y me dijo:
-Oye, ¿por qué tu bicicleta tiene tantos alfileres, bien acomodaditos?
Al sentarme iba a quedar pegado, o a lo mejor estaban como envenenados. Pero sucedió que ese día adrede alguien le sacó el aire a las llantas, no me subí porque ya no tenía nada de aire. Por lo mismo yo sí creo en los milagros, el señor me sigue queriendo aunque no sea bueno,  bueno nunca lo seré, pero sí quisiera haber sido bueno para poder algo llevar al a mirada de Él.
Sigue caminando el tiempo y doña Lupita dijo: "Voy a decirle al padre que usted quién sabe qué" y ya el padre me regañó, me dijo:
-Ya no lo quiero ver con esa alcancía, porque si lo vuelvo a ver le voy a echar a la policía.
-Pero padre.
-No, ya dije ¡ya!
Ya no le hago, yo creo, estómago al padrecillo, no me quiere. Pero es la gente que me lo echa a andar. Otro que también se portó igual, era muy especial conmigo, fue el padre Briones, porque cuando se fue el padre Toñito, el padre Antonio Lara, dejé dinero en la caja y me dijo:
-Mira, aquí están las escrituras, también está lo que has juntado.
Con el padre Galván me llevé muy bien, no platicamos mucho pero me quiso mucho también, el padre Lucho, ay era una eminencia, el padre Toñito, el padre Vicente, otros no, pero como yo me he dicho: Sintiéndome yo católico todos son mis pastores.
También me ayudó el profe Doro, cuando ya estaba de presidente y el mero fregón de fiscalización era Alfredo Leal. Alfredo me dijo:
-Mira, a visa de que tú finques, me vas a dar nueve mil pesos.
-Pero, ¿de dónde te voy a dar eso?, si no junto mucho, ¿nueve mil pesos?
Tres veces fui a verlo y me lo negó, me fui con el profe Doro y el profe Doro le dijo:
-¿No te dije que le dieras el permiso ya?
-Pero es que no ha dado nada.
-Dáselo, ándale ya.
Sí hizo mucho el paro el profe Doro. El señor Paco Ramírez también, me daba de a quinientos, él me ayudó mucho, mucho. Es que digo bien yo esta palabra: "Gracias a Dios: mi pueblo, yo nomás trabajé y seguiré trabajando". Porque que yo no digo que yo. No. A mí me nació: más me lo quitaban; más me encaprichaba.
Pues ahí corrió el tiempo, como le digo, y sigue corriendo. Ahora chambeo con los que me invitan por ahí, todavía uso la imagen y a veces la  tengo ahí, porque todavía hay gente que le echan, echan poquito, pero más lo que yo le echo de ganas y discos que vendo. Mis disquitos me los maquilan en diez pesos con mis grabaciones. Si veo que una persona le echa veinte pesos le doy un disquito; si me dan un peso pues no sale lo del disco, aunque si me dan seguido sí les doy también su disquito. Algunos que preguntan: "¿Cuánto cobras con tu mariachi?", les cobro barato pero de todos modos ahí tengo mi imagen, y eso algunos lo toman a mal, pero ¿de dónde? Ahora ya de mariachi no puedo echarle, como más antes estaba joven y nada débil. Allá en México era bien luchón, en Garibaldi, ahí era bien luchón.
Cuando empezamos en el cerro estaba nada más una cruz, primero levanté el puro cuartito, luego Portillo, el presidente, me dio casi todo el techo del templo, me dio sesenta y seis bultos, nada más que tenía el trabajador ese que les dije, ese carajo se llevó dos bultos, tres bultos me llevó mucho al baile con el material. Por otra parte, ya ve que en una parte metimos un cuartito que fue la sacristía, luego el templo, luego para  acá el comedor y para acá  unos baños. Cuando entró doña Lupita, todavía estaba yo allí, hicimos el comedor de abajo, pero para eso me decían que arreglara los pedazos de terreno más para acá, me decían que arreglara, pero yo pensaba: ¿Pues ahora con quién? El chiste es que yo nada más hice las escrituras del patio. Y luego me volví a llevar a don Reyes allá arriba:
-Don Reyes, ¿por qué no me regala también esos pedazos para abajo?
-Si quieres te regalo también para abajo
-¿Sí me lo da? -le pregunté.
-Sí -me contestó muy formal.
Yo estoy re contento, aunque hay mucha gente que me dice:
-Oye, ¿Por qué le dejaste eso a Lupita?
No, no, ella le está echando ganas y va avanzando. Para mí ella es la que decide para dónde y qué más. Pero yo, antes de que me fuera quisiera ver ahí como un cristo Rey. Varias personas de las que han ido, dicen que están en eso de la estatua.
El camino también lo hice yo, le metí para que revivieran las piedras. De la colonia Santa Lucía para arriba le metí gente. El camino para los carros también le metí máquina. Todo eso. Me acuerdo que al dar vuelta así para arriba, un señor que andaba de coscolino con su familia, me dice:
-¿Y tú que andas haciendo?
-Pues ando arreglando el camino para el templo.
-¿Y tú por qué? ¿Que eso no es de la presidencia?
-No -le digo- es que por aquí va  a pasar el camino, vamos a arreglar este camino, a componerlo porque por aquí va a subir el carro a ver al Señor de la Misericordia. 
Pero no me lo podía quitar de encima. Dije yo para mí "Pues ahí piensa lo que quieras, con permiso" Y una señora que me reclama, que porque atravesé su pedazo y que no le pedí permiso, me daba miedo encontrarla porque delante de la gente me pregoneaba, pero dije entre mí: "Me vale, ya lo bueno es que todo fue para el templo… si me pasé de listo, si abusé, pues no era para mí". Igual cuando me dicen "¿¨Por qué le dejo el templo?". Yo la dejé a ella y ella verá; si le sirve al Señor ella verá; si se sirve ella, ella verá. Yo lo que quiero es la clemencia, el dinero allá, aquí no quiero nada aquí nada más quiero que me tenga Dios Misericordia, me dé una muerte dichosa, no renegar y vámonos. 

De mi familia, ojalá me hubieran apoyado, que me dijeran: "Ay, papá, qué bonito hiciste esto; ay, papá, qué bien", al contrario me decía mi mujer: ¿Eso para qué?, ¿qué te van a dar?, ¿qué vas a ganar? , ya hasta te corrió doña Lupita. Y la verdad es que no me corrió, yo me salí por mi enfermedad y si no se lo dejó a ella a quién. Y yo siempre digo: "Ella verá". Pero también le está echando muchas ganas.
Yo con todo mi ser y mi corazón doy gracias a Dios, porque sí hubo mucha gente que respondió, me respondió con su  monedita, otros dieron un mil de ladrillo; pues gracias a Dios ustedes: el pueblo caritativo, dadivoso… Yo nada más trabajé. La que me ayudó mucho fue la señora Chatita, la esposa de Panchito. Pero me acuerdo que cuando ya tenía cincuenta mil pesos para aventarnos duro, me dijo:
-Vamos a poner allá al Crucificadito, allá arriba.
-Oiga señora, pero dicen que ese no es el de la Misericordia, es el de los rayitos. No,  y yo que el de los rayitos y ella que el Crucificadito. " 'Ora sí que me fregué" pensé yo.  Empecé un poco a discutir con ella:
-Sabe que, vamos a ver al padre Toño Lara.
Ahí vamos los dos:
-Padre así y así y esté y el otro.
Se nos queda viendo el padre Toñito, me dice a mí:
-¿Y tú qué dices que cuál?
- Yo pues que el de los rayitos, padre, tiene más pegue.
-Padre -dice la señora- quedamos que el Crucificadito.
-Vamos a poner los dos -dijo el padre- adentro vamos a poner al Crucificadito y, si Dios quiere  y se puede con el tiempo, ponemos al Señor de la Misericordia como Cristo Rey, porque uno es el Señor de la Misericordia y otro el Señor Misericordioso.  Así mero le hacemos.
Así quedó.  La imagen que la señora Chatita trajo de Tepatitlán se quedó en el templo. Yo tenía una prima, que también se fanaticó mucho, y me trajo el de los Rayitos, de México. Uno grande, es el que está allá. En el altar está el Crucificadito. 
Yo digo entre mí, para mí: "La señora Lupita está actuando bien y, cuando está gustosa, cómo me gusta su modo de hablar; cuando está enojada, hay Dios, ni quisiera que me viera.  Tiene lo suyo, así somos todos.
Yo no traigo mi alcancía pidiendo en la calle, pero si estoy vendiendo mis discos sí me echan mi monedita, yo digo entre mí, si mi Dios me presta otro rato, otro minuto, no sé, si me alivio voy a componer la troquita que tengo y, como empecé, a arrimar las gentes allá arriba. Que, digo yo,  hacer como cuando empecé a trabajar, ya no. Pero de todos modos yo pienso seguir y qué bueno que me tocara surte de morir en la viña del señor y no en los brazos… de Verónica Castro, dijo aquél.

Tuve cinco hijos, cinco del mariachi Comonfort, uno que se murió y dos mujeres. Pero están chicos, no han sabido lo que es la pobreza, no han sabido lo que es sufrir, porque yo siempre, aunque borrachillo, fui trabajador pero, vuelvo a repetir, yo creo que me guardaron agravio porque los hice músicos a fuerzas. Todos son músicos, todos tocan, cantan y bailan como yo, incluso una de las mujeres. Ella toca trompeta y su hijo toca Guitarrón, la traigo con el mariachi últimamente. Puro músico: tocamos, cantamos, bailamos, tomamos, lloramos, nuestro único defecto que tenemos es: que somos los más barateros.
El primer mariachi se llamaba Los Pesetas, a mi papá le decían El Pesetas. Luego Los pesetillas nos decían a mis hermanos, cuando traíamos la Sonora Reforma (éramos los mismos). Luego, con mis hijos, era el Mariachi Abel Laguna y ellos le cambiaron al Mariachi Comonfort. Ta' bien y ahora ya se llama Abel y su Mariachi Chamacuero. Ya al rato que lo haga con mis bisnietos ya no sé ni como le voy a llamar.
Soy del 1950. Y repito, con todo mi ser, mi corazón, si era toda mi ilusión  y lo sigue siendo, lo único que le pido al Señor es que no me haga renegar a la hora de mi muerte, yo quisiera que me mandara una muerte dichosa, pero a lo mejor no la merezca, porque no he sido una blanca palomita. Pero si muero así, pues de todos modos tiene uno que irse.
Fíjese que cuando empecé a hacer eso, tenía un compadre que vivía en La Lagartija, ya murió, me decía:
-¿Por qué no lo haces aquí?, compadre.
-Es que yo creo que allá se ve más bonito.
-Pero está más trabajoso.
-Pero, pues algo que cueste.
Y costó, sufrí mucho, tuve enemigos. Yo creo que todavía los tengo, por eso como dice el dicho: "Dios mío, cuídame de mis amigos, porque de mis enemigos yo me encargo".
Nunca he dicho ya no, porque me apasioné más mientras más me lo quitaban, mis primos: Ora lucas, ora loco, ora lore y un día que en aquel tiempo procreé yo tres cuatro elepés de mis canciones
También yo he apoyado mucho al sinarquismo, me gustó mucho apoyar el sinarquismo y casi toda la raza mía, mis abuelos y todos eran sinarquistas, yo apoyé mucho lo que es todo eso. ¿Eso será malo o bueno? Como ahorita Obrador me dio ocho mil pesos y mucha gente habla muy bien, aunque pienso: ¿Será para después llevarnos al baile?  Le hice dos canciones y se las grabé y ahí las tengo, pues esos poderosos, esos que no quieren luego oír nada.  Y ya no sé si dar a conocer mis canciones o no. Lo que mi compadre me hizo me dolió mucho, se quedó con la publicidad, yo no las registré, me dijo que las registró en su marca, que no se qué, porqué tiene lengua…   Entonces yo nomás digo, todas las canciones que hice para el Señor, él lo sabe, si me las roban, eran para el pueblo como esa que dice:
Este dos de septiembre
Cantemos con alegría
Para elevarte mis penas
Virgen santa la María
Madre mía de los Remedios
Hasta tu templo… etc, etc.
Entonces nomás digo yo, pues si Dios sabe que yo se la compuse, y si alguien quiere decir que es suya, él sabrá.
Ahorita el Gordo Plaza me hace varios discos debo tener unos ocho elepés, pero no son de marca buena.
Yo estaba haciendo un cuartito allá en la subida, quería vivir ahí, pero comencé a enfermarme, ya nomás me faltaban las láminas, pero me robaron tres veces, se llevaron mi guitarra, la carretilla y herramientas, y luego también tres veces me hicieron un robadero los niños maldosos de ahí de la Santa Lucía, yo creo que también por eso me enfermé, porque hasta lloraba del berrinche yo, tanto quería a estos hijos de…
El día que me empecé a enfermar sí dije, yo creo que ya mejor ahí dejo todo, ya dejo todo ya me voy. Yo sí pensaba morirme de esto porque sentía caliente, caliente. Entonces dejé eso por la paz  y un señor que vive de aquél lado del cerro, que vende pulque, es albañil, según la llevaba re' bien conmigo, pero luego llevaba sus chivas y las malvadas chivas se fregaban los árboles:
-Don Juanito, usted dice que es mi amigo…
Tres veces eché pleito con él, vi que no entendió mejor lo dejé, me cansé de decirle que me ayudara, que por lo menos no las dejara venir:
-Pero Abel, es el cerro ¿qué no?"
-Pues sí, pero esto ya es propiedad.
-Pos cerca.
Nunca lo hice entender, pero últimamente don Juanito echó pleito con doña Lupita, pero doña Lupita es de pocas pulgas.
También cuidé mucho los arbolitos y me dio mucho coraje las tres veces que me asaltaron, la última vez tenía yo diecinueve tambos, se los llevaron los niños, compré yo un candado, pero estos hijos de su madre, no se trajeron las paredes porque eran de adobe, pero se trajeron las puertas, y de plano, pues ya ni para qué.
Yo como siempre digo, todo reconocimiento es bonito, pero gracias a Dios: el templo, a Dios y a las personas que aportaron su moneda, yo nada más trabajé, pero con hartas ganas, con harta fe. También he pensado que este camino está re bonito, como para qué por este camino hicieran el viacrucis de Los Remedios.

Ya le digo a mi mujer:
-No debemos echar pleito ni tú ni yo. Los hijos si no entienden, me da gusto que ya van entendiendo. 'Ora tú que pues, ¿ya qué haces?, estás más para allá que para acá, como yo. Mejor yo le pido a mi Dios que el día que me esté muriendo me acompañes. Si tú te mueres, te perdono y me perdonas y vámonos.  Ya ni qué discutir, porque si yo digo que es verde y tú dices que es rojo, el verdadero color lo va a tener allá mi Señor.
Yo ahora no tengo un lugar fijo para vivir, me quedo en muchas partes según me necesiten, ahora sí que como dicen por ahí: "¿De dónde es usted? Yo soy del mundo, señor ¿Y dónde se queda? Donde se dé la noche ¿Dónde come? Pos donde me den.
Y el chiste es que ahí estoy, y Dios me quiere, porque yo me doy el gusto que de tanto cáncer que tenía, con una operación se quitó, nomás que el mal de orín no me lo quitaron.
Yo, vuelvo a repetirle, me dio por hacer eso, yo decía: "Señor, si nada te he dado, si nada te he ofrecido, por lo menos déjame hacerte tu templo, para llevar algo y merecer algo y de pensar que yo he de ser eternamente dichoso o eternamente desgraciado".
Unos me dejaron de hablar otros siguen hablándome y otros me dicen que le eche ganas . Y muchas cosas que me pasaron. Y otras penalidades ya hasta se me olvidaron.
Una vez, me estaban diciendo: "Lucas, loco, Lorenzo", pero era cuando traía mis cuatro elpés,  y ese día sí saqué mi soberbia a relumbrar, les dije:
-Dicen que estoy loco, ¿verdad?, y ustedes, ¿tienen algún casete como estos?
-Pues no, no estamos locos.
Y les conteste:
-Un loco persevera, pero un pendejo no ata ni desata. Como ustedes.


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Don Abel Laguna Naranjo

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Don Pedro Laguna Pérez

Hace más de diez años le solicité una entrevista a don Pedro Laguna, amablemente me recibió en su domicilio, platicamos un buen rato y me facilitó algunas fotos de cuando su período como presidente municipal.
Luego de la grabación aguardé un poco para hacer la transcripción correspondiente y cada vez que intenté localizarla para incluirla en este espacio me fue imposible dar con ella. Aunque he debido reubicar mis archivos y los discos duros que los contienen un par de veces en estos años, ninguna foto, documento de texto o grabación se había perdido… salvo la entrevista a don Pedro.
Con mucha pena me acerqué nuevamente a pedirle una entrevista, su respuesta fue igual de amable que hace diez años y, por lo que puedo recordar, la información y los comentarios fueron muy similares.
Transcribo nuestra conversación llevada a cabo el día 27 de agosto de 2022. Omito mis preguntas y coloco entre corchetes [ ] mis eventuales acotaciones.


Yo nací aquí en Comonfort, soy del barrio de La Candelaria, ahí nací yo en 1928; acabo de cumplir 94 años. Mi señora también está grande, tiene 91 años.

Mi papá tenía una huerta, fue campesino, fue labriego, trabajaba él, cuando estaba joven, cuanto podía, como podía. Yo me acuerdo que él ganaba cincuenta centavos de diario, cuando trabajaba sencillamente.
Mi papá fue una persona que no aprendió a leer, pues en ese tiempo estaba muy escasa la educación, se casó a los diecisiete años; mi mamá tenía diecisiete años y yo nací al año siguiente…  crecí yo con ellos, pero cuando tenía ocho años mi tío Lorenzo, que trabajó de conserje en la primera escuela (la Manuela Taboada que se inauguró en 1937), les decía a mis papás: "¿Cuándo lo mandan?, ¿cuándo?". Hasta que dijo: "Yo te voy a llevar ".  Y él me llevó. Él me matriculó y ahí empecé yo a estudiar.

Yo me sentí como que no tenía mucha memoria, me sentí como distraído porque no aprendí bonito. Pasaron los años, pasé a tercero, cuarto, quinto. Pero  en quinto me fui a Michoacán; había una catequista, de cuando hice mi primera comunión; le caía yo bien y le dijo a mi mamá y a mi papá: "Oigan, aceptan que a Pedro lo mandemos con el Padre que se acaba de ir de Comonfort?" (Se fue a Irimbo, Mich.). " Tiene un hermano de la misma edad y el Padre me dijo que podía enseñarles algo". Y así pasó en ese año 1942, el padre nos enseñó a su hermano y a mí, nos enseñó español y nos enseñaba algo de aritmética, una cosa rudimentaria. Y me la pasé un año con aquel señor, después ya vine y cumplí mi sexto año aquí con la maestra Felicitas García, era maestra y directora. Así terminé mi primaria.

No anduve en el campo, o muy poco, mi papá tenía una huerta de limas, muchas, como unas veinte o treinta matas de lima, que eran muy comunes aquí en Comonfort, pero ya no hay limas, ya se acabaron. 

Terminé la primaria, en esos años estaba un señor en la calle de Arista, era un señor joven, cuñado de la dueña de la casa de ahí. Él vivió en Morelia y venía a visitar a su hermana, por eso puso allí su tallercito; hacía pantalones. Pero como estaba todavía joven se acompañó de los hijos de Eugenio Espinoza, al que le decían: "El Caramelo", este señor también se enseñó a hacer pantalones y se dedicó mucho tiempo a ello. El señor que enseñó a Eugenio siguió haciendo pantalones en su taller y un muchacho, compañero de escuela mío, nos dijimos los dos: "Vamos a decirle que nos enseñé a hacer pantalones", era 1945 y fuimos, me enseñé a hacer pantalones me hice yo mi primer pantalón de cintura.

Llegó el mes de octubre de 1945 (en ese año terminó la Segunda Guerra Mundial). Yo y otro muchacho, que murió hace poco, de aquí de Comonfort, y otros tres que ya no recuerdo quienes eran, decidimos ir a León, que nos íbamos a ir al Seminario. Conseguimos el apoyo de un sacerdote que acababa de irse de Comonfort y estaba en San Miguel Octopan; hasta allá fuimos a pedirle una carta de recomendación. Al día siguiente nos llevó un muchacho que ya estaba en tercero o cuarto en León, él nos inscribió en el seminario.

El muchacho que estaba aquí aguantó un año y medio; yo me quedé todavía más; hice el primero, el segundo, hice el tercero. Por cierto que no habíamos calificado para entrar al seminario, nos pusieron a estudia español, mucho español, un año, parte del 45 y parte del 46, después de ese tiempo pasamos a ser alumnos del colegio del seminario. Yo aguanté todo el 46, 47, 48 y en el 49 tuve una… no sé cómo me sentí… me salí y me fui a México a trabajar.

Como ya sabía hacer pantalones, yo seguí en una sastrería en México y me enseñé y casi aprendí a hacer todo lo referente al traje. En el año 51, estuve fuera, pero en octubre de ese año me regresé otra vez, como si estuviera yo jugando y fui al Seminario, aguanté todo el año escolar y me volví a separar en la víspera de exámenes. Ya no me sentí apto para presentar exámenes. Le dije al rector: "Yo me quiero separar, ya no me siento bien", me preguntó por qué, "Pues ya no tengo fijeza, nomás estoy pensando en no sé qué cosas y ahorita que es la víspera de exámenes, no tengo capacidad para presentar exámenes. me quiero separar". Entonces me dijo: "Mira yo soy el rector. En mi agenda estás tú, en las estadísticas; de ahí yo sé que nunca te han reprobado. No serás una lumbrera, pero no te han reprobado, puedes pasar los exámenes". Yo le contesté: "Sí señor, pero ya hice mucho la lucha, el intento de seguir adelante y ya no puedo". Me dijo: "Bueno. Pues… que te vaya bien". Me salí y me fui a México a seguir la sastrería duré el 52, 53, parte del 54, 55, 56; venía yo a Comonfort y me regresaba a México a trabajar.

En el 55 me metí a trabajar en los autobuses; aquí tenía yo un amigo que tenía autobús, me dijo: "Yo te veo que andas aquí y vienes y vas, ¿por qué no te vas a trabajar con Ángel? (Ángel Soria), le dije: "Sí, tengo ganas de entrar en los camiones". Me fui a trabajar con él, duré tres años, pero como en el 57 me casé, le dije al dueño del camión: "Oye, yo ya no voy a ir, porque mira: son quince días de andar arriba del camión trabajando y dos o tres días va uno a su casa, y no me agrada, mejor me voy a quedar".

Entonces en el 58, a finales, me llama el señor cura que estaba en ese tiempo, me dijo: "Oye Pedro, tu estuviste en León, ¿puedes ayudarme aquí en el colegio Héroes de Chapultepec?". Le contesté: "Pues… si usted gusta, no puedo más que lo que aprendí allá en León". "Si, ya sé que estudiaste cuatro años nada más. De todos modos, aquí vas a estar con el director que es Pepe Ortega" (el Pichirilo). Y ahí seguí con él todo el año del 59, pero en ese año entró el Seguro Social aquí en la región y como Pepe Ortega era abusadillo, no abusadillo, era muy inteligente, inmediatamente consiguió trabajo en la fábrica de Soria; lo pusieron a apuntar, a llevar la estadística de los pensionados que iban a salir de Soria.

Un día que ya se había acabado el ciclo escolar pasé yo por la calle Aldama, porque yo vivía allá en la Placita, lo vi, me preguntó: ¿Quieres trabajar en el seguro?" Se me abrieron los ojos. "¿Dónde?, ¿cuándo?, ¿cómo?". Me dijo: "Cálmate, yo te aviso, yo te tomo en primer lugar. A mí ya me metieron, me gusta aquí y yo ya no me salgo". Está bien. Ya todo el año siguiente, el año 60, me iba yo a México iba y venía.  Yo venía con mi señora, veía a Pepe y le preguntaba cómo iba la cosa, me decía: "Ya alquilaron la casa, ahí va". Por fin el mes de agosto me dice: "Si quieres irte vete, te vienes unos quince días antes del fin de mes". Yo dije: "No, ya no me voy, porque tú traes cuatro o cinco muchachos que quieren entrar al seguro y, ahorita, ¿dónde los traes?". "Los traigo limpiando los pisos de la casa", me contestó. Le dije entonces: "Yo pienso esto: si me vas a pasar igual, junto con los muchachos, ¿qué van a decir?, que yo no los ayudé en nada". Me dio la razón  y me quedé, me junté con los muchachos y me puse a ayudarles también y se llegó el 30 de agosto de 1960  y ese día no me tocó, porque el director que estaba generalizando era de Celaya; él iba a organizar Comonfort, San Miguel, Salvatierra, Escobedo, Cortazar, Soria, Apaseo. Primero ya habían inaugurado Celaya y ya de ahí fueron a Apaseo y fueron a Cortazar, a mí no me tocó porque el señor de Celaya traía su gente, entonces pusieron gente de él. Pero me dijo Ortega: "Mañana domingo va a trabajar el señor ese que pusieron de Cortazar.  El lunes nos vemos aquí a las nueve". Nos fuimos los dos de aquí a Escobedo, porque él ya traía un cochecito del Seguro, y me dijo: "Ya va a salir aquel señor, termina su turno y se va a Cortazar a descansar".  Y así fue, le dijo a Pepe: "Bueno, ya me voy, señor". "Sí ya vete, mañana a ver qué", le dijo Pepe y ya que se había ido me dijo a mí: "Te voy a acomodar primero, a ver qué pasa, con toda seguridad, a como dé lugar yo voy a hablar con los inmediatos". Al día siguiente de ese lunes nos fuimos a Escobedo y no llegó este señor, dieron las nueve, las diez, las once, las doce y me dijo Pepe: "Ya está seguro que vas a entrar tú, es seguro porque aquel no vino. Ahorita ya lo voy a reportar". Lo reportó y me dijo: "Quédate tú ya". Casi al final de ese día llegó aquel señor y Pepe le dijo: "Pues, ¿qué pasó contigo? Yo ya hice mi reporte ¿Por qué no viniste?" Y el otor explicó "Es que me dio mucho gusto porque entré en el Seguro Social, por eso me puse bien trole en Cortazar y no pude venir, me sentía muy mal, ¿y ahora qué?" "Pues vete a León, vete a ver al señor de Celaya" le dijo Pepe. Ya no supimos nada de él y ya me quedé yo.

Me eché veintisiete años.  Primero en Escobedo, porque nos dijeron: "No van a trabajar en el Seguro todavía, van a trabajar en la Unión Médica". Hasta los tres años, el 16 de septiembre del 63, vinieron jefes del Seguro Social de México y nos dijeron: "Ahora sí ya van a trabajar ustedes en el Seguro Social y además les traemos un retroactivo". Y pues el retroactivo sí nos dio gusto, fue una carta que habíamos perseguido.

Duré tres años en Empalme Escobedo ya después seguí aquí, me tocó el cochecito que traía Pepe, llevaba yo a Pepe a Escobedo, a Soria, me dejaron trabajando en Escobedo y yo iba con la ambulancia a Soria, la llenaba yo de enfermos o niños y los llevaba a Escobedo porque en Escobedo estaba la clínica, me eché tres años en esa forma. 

Aquí en Comonfort la clínica estaba en la esquina del Jardín, donde está deportes Prado, esa casa era de doña Isaura Franco. Ahí se hizo la primera clínica para el Seguro Social en Comonfort, ahí duramos como tres o cuatro años, después nos pasaron a la casa grande, que está ahora en ruinas, en la esquina de Juárez e Hidalgo, luego todavía me tocó en la otra que está allá enfrente del mercado, del lado del templo, donde está el restaurante ahora. En esos años, entre otras cosas que hacía, yo manejaba la ambulancia, me tocaba trasladar enfermos, lo más común eran las señoras que se iban a aliviar y sí, sí me tocó que iba yo y de rato nomás me decían: "Pues ya mejor regrésese don Pedro, ya nació mi criatura".

Sí fue difícil ese proceso, a mí me preguntaban los compañeros: "Oiga, don Pedro, ¿si quiere usted seguir con nosotros?, porque no tenemos otra persona, ¿y no tiene miedo?" "No", les decía, "por qué miedo, ya empezamos, ya estuve con ustedes, ya vieron como fue el asunto pues ahora vamos a seguirle".

El comité, Marcelo y otras personas, me pusieron una tesorera, gente de ellos la tesorera se llamaba Guadalupe… Rayón de segundo apellido y aceptamos que estuvieran otras dos personas que ya habían trabajado: doña Margarita y otra persona. Y seguimos trabajando, no sabía yo mucho, pero a veces venía Marcelo.

A los ocho días, desde Guanajuato, me llegó Enrique Hagen, un señor que era joven, pero traía barba larga, supimos que ese señor venía como a controlarnos, que no iba a dejar que yo me mandara en lo que yo quería, que las cosas fueran calmadonas, calmadonas. De rato nos hicimos amigos y todo, el señor este me tomó estimación y yo le tomé estimación también. Y demostró ser más amigo de acá que del gobierno, pero él ya sabía cómo era, lo había mandado el Gobernador. Todavía, ese mismo año, trajeron al Gobernador, pusieron una lona, aquí le hicimos, se le hizo una comida; a mí no se me ocurrió pedirle nada, ni Marcelo ni nadie me dijo: "Vamos a pedirle que nos dé más". Porque no nos mandaron presupuesto, el gobernador no nos dio presupuesto, se supone que sí tenemos derecho. La tesorera, que es una contadora muy eficiente (todavía trabaja en eso), me decía: "Vamos a Guanajuato, nos van a dar algo de dinero".

Íbamos a Guanajuato, nos presentábamos ante el tesorero [se ríe] nos tenía ahí sentados, una hora, dos horas, por fin nos decía: pues ya vinieron los de todos los municipios, ya se acabaron los centavos. A veces no nos daban nada, a veces ya nos daban algo. Nos separábamos de ahí a las seis, siete de la noche. 
Nos llevaba un muchacho, se llama Juan Sierra, le decíamos "El Cocadas", yo lo apreciaba porque era mecánico, nada más que la mayor parte de los compañeros decían que no era mecánico completo, que nomás conocía poquito, pero a mí nunca me dejó tirado porque se descompusiera el coche. Teníamos un coche viejo, nunca pensé que compráramos un coche nuevo. Si lo hubiera dicho quizás la tesorera lo hubiera aceptado. Pero ella tampoco lo sugirió, yo tampoco dije nada. Yo tenía un coche Ford, estaba mejor que el de la presidencia, en ese nos tuvimos que ir y venir a Guanajuato, pero cuando nos parábamos para irnos, ya fuera del tesorero o del secretario de gobierno, nos retirábamos de ahí del palacio, llegábamos al centro y ya no encontrábamos ni tacos ni nada, ya todo estaba cerrado, ya nos veníamos y llegábamos a la una dos de la mañana. 

Yo les digo que todo presidente que llega, que se sienta en la presidencia, llega con un antojo, mi antojo, el mío, fue el Andador 5 de Febrero, ese fue mi antojo, dije yo: "La callecita no tiene tanto tráfico y queda bien un andador" y ya ve, ahora lo ocupan hasta para que entre dinero, ya ve cuantas personas que vienen de Oaxaca y de tanto lado a vender a hacer sus exposiciones.  Últimamente he notado que está una nevería ahí y algunos atrevidos han metido dos tres coches adentro pero también es feo llamarles la atención cuando no se está ocupando. Cuando está ocupado pues los mismos puesteros le acomodan.

Yo conocí a Plácido que fue Cronista antes que usted y Plácido en un tiempo se venía aquí a mi sala, yo siempre he tenido un radio, un aparato, él traía sus casetes con música de bailables, venía otro compañero del tecnológico y se ponían ahí a ensayar a dos tres cuatro muchachos y sí sacaron, empezaron a formar algo de lo que tienen ahora en la casa de la cultura. Y también era cuate, era amigo mío Plácido, porque vivía a dos casas para allá. Él no estaba muy conforme con lo que yo andaba, pero nunca me dijo nada, siempre seguimos ahí, cada y cuando: "¿Qué pasó?" le decía "Ahí está libre la sala, como siempre". 
 
No he llegado a platicar con Isidro, tampoco nunca he tenido un problema o un mal modo, nada. Pero, por ejemplo, paso yo por donde él vive y está su esposa, su esposa es sobrina mía.  Él un día salió y vio que venía yo bastoneando y que venía un carro, se cruzó la calle y me ayudó en lo que pasó el carro, me dijo: "Yo le voy a ayudar" "Muy bien, muchas gracias" le dije.  Pero yo a veces he estado ahí platicando con la señora, ya no recordamos nada ni platicamos nada de lo pasado, nada más asuntos de los parientes.

Y tampoco, nunca me arrepentí de haber sido candidato y presidente. Más bien me arrepentí de que no hice todo lo que debía de hacer, estoy seguro de que pude haber hecho más cosas, pero no, también, ya estando ahí se ve que no todo es tan fácil. 
En esa última ubicación, enfrente del mercado, fue donde me llamaron, vinieron aquí a la casa los señores que tenían en sus manos el Movimiento Sinarquista aquí en Comonfort. Yo no acudía ni acá, ni allá, ni nada, yo no sabía nada de ellos. Adiós, adiós, adiós y eso era todo. Pero vinieron tres o cuatro señores y me pidieron que les ayudara y que me querían como candidato. Les dije: "No, en primer lugar, yo estoy trabajando, además a mí no me gusta la política, no, no. Estuvimos neceando, platicando, que sí, que no, y dijeron: "Bueno, pues ahí vendremos en unos quince días".

No, pues no se aguantaron esos quince días, a los ocho días regresaron como con diez o quince gentes, otra vez y otra vez les dije "No, no, porque yo sigo trabajando en el Seguro Social y no soy político, a mí no me gusta. Sé muy poco de esas cosas, de administración y yodo eso no sé nada". Pues volvieron otra vez a los ocho días, volvieron, me insisten y le digo a mi señora: "Estos señores están necios, me insisten y dicen que soy el único que quieren que sea candidato".

Entonces le dije a mi señora: "¿Cómo ves?, les voy a decir que sí". "Tú verás" me dijo, "al cabo que ¿tú crees que vamos a ganar?, nombre va a ser un entretenimiento y pérdida de tiempo". Pues ya volvieron, traían a un señor de Celaya que se llama Marcelo Gaxiola. Él llegó como a ayudarles a ellos, tenía muchos deseos de sobresalir en ese aspecto. Vino, me reconoció y me dijo: "Sí, don Pedro, vamos a seguir adelante".

Así pasó, se llegaron los días en que tenía yo que hacer campaña; pedí permiso en el Seguro Social, me lo concedieron, sin sueldo. Dije yo: "A ver qué pasa". Empezamos a salir en Comonfort, a las calles, a pedir, me acompañaban diez o veinte personas, las señoras estaban como emocionadas, no sé. Anduvimos por ahí, fuimos a los ranchos y a las comunidades.

[¿Cómo lo recibían? ¿Cómo lo trataba la gente?] La gente me trataba muy bien, nunca tuve un rechazo de la gente, nunca de veras, que me dijeran: "Tú no, no sé por qué estás aquí metido", algo así ya ve que hasta les dicen groserías. No, me recibían bien en todas las casas, a veces tocábamos y las señoras nos decían: "Pues yo no sé de eso, ahora que venga mi esposo le voy a decir…". Hasta que llegó el último día de eso y pues ya todo lo que se trataba de administración y propaganda, ellos se encargaban de todo. Marcelo le sabía mucho de eso, le gustaba mucho.

Y pues llega el día de la elección, aquellos señores del tricolor estaban también con muchas ganas, pero acá les demostramos mucha mayoría de gente, cuando hacían alguna asamblea en la plaza, pues no se llenaba, pero sí había mucha gente y la gente empezaba a vociferar en contra de él [El otro candidato], en contra del partido, todas esas cosas. El maestro que vive aquí en frente, el maestro Cirilo, estaba muy bien físicamente entonces, él también le puso muchas ganas al partido tricolor. Pasó el día de votaciones, amaneció el día que debía de saberse y ellos decían que habían ganado y Marcelo estaba tupiéndole mucho, pero legalmente, nada de que ya ganamos o ganamos por esto y lo otro. No. Y así andábamos: con que sí, con que no; el gobierno no nos daba el derecho para nosotros, se lo dieron a Doro, se lo dieron y la gente no quedó conforme.
Doro puso su presidencia en la calle de Ocampo, ahí al empezar la calle y nosotros dijimos: "Pues nos vamos a esperar". Pero la gente no se esperó. Ellos no se imaginaron que el día primero de enero del año 86, Marcelo les dijo a al agente: "Váyanse a tomar la presidencia ahorita a las seis de la tarde, siete de la noche. Tomen la presidencia". Así lo hizo la gente. Fueron montón de gente, tomaron la calle también y no dejaron salir a la policía y ya Marcelo les dijo: "Dejen salir a la policía y a todos los que quieran, ya tomamos nosotros la puerta y ahora nadie entra".

Ese día pues la gente estuvo muy contenta. El presidente saliente, don Agustín Zárate, fue al día siguiente, que era domingo fue, lo dejaron que avanzara por la calle y cuando llegó a la puerta le dijeron: "¿A dónde va don Agustín?" "Pues voy a entrar, que dejé algunas cosas…"  "No, don Agustín usted ya terminó y usted no puede entrar".  Y se retiró el señor también y ya la gente se quedó ahí. Mientras estuvo Doro allá, fue presidente, pero la gente acá hacía fiesta todos los días, arrimaron metates, arrimaron ollas, arrimaron bicicletas, cobijas, toda clase de petates, estaban felices, duraron ahí casi el mes. Había un señor que tenía un corral de vacas de leche, allá por Villagrán, un lugar nuevo, se había venido de México por los terremotos, pues traían un bote todos los días, un bote como con quince litros de leche para la gente. Las señoras que encabezaban, eran dos tres, que les gustaba también el borlote, hacían atole y tortillas y de todo. Y había también muchas personas que sin tener nada que ver, llegaban a almorzar, llegaban a comer, llegaban y estaban felices.

Se completó un mes y, no me acuerdo en qué fecha [fue el 8 de febrero de 1986], qué llegan; como a las dos de la madrugada llegó la furia gris, desparramó a la gente, los maltrató, maltrató mucho a la gente, muchos perdieron sus cobijas, sus bicicletas, sus pertenencias, ya no les dejaron agarrar nada. Había muchas señoras, había muchas señoras, se replegaron hacia la Iglesia y muchas personas se metieron a la casa del sacerdote de ese entonces, José Reyes; la casa que está al lado derecho del templo y la policía andaba con algo de coraje y se metieron, al padre no lo conocían y sí le dieron un aventón y lo hicieron a un lado. Creyeron que era cualquier persona y a la gente sí le dio miedo, le dio miedo ver que la policía se metió a la casa del Padre.

En todo ese mes yo fui una vez a la presidencia, pero ya cuando se puso la cosa fea, Marcelo me dijo: "Si tienes algún pariente en el DF, vete para allá un tiempo, para que no veas, para que no oigas, para que no te vean", y así lo hice; me fui, duré como seis u ocho días con un pariente y después me vine, con la idea de permanecer en mi casa. Pero ya después se calmó otra vez, después se encontraron otra vez con la policía y venían decididos a golpearlos, otra vez, pero muchos muchachos de la secundaria y de la preparatoria se dieron cuenta y se dejaron venir, llegaba más policía gris y caminaban por la calle de Ocampo y los  muchachos de la secundaria y preparatoria se dejaban venir también por la calle de Ocampo y los provocaron y los fueron jalando y jalando y llegaron a la escuela manuela Taboada. En ese tiempo andaban quitando los durmientes, andaban poniendo durmientes de cemento por los de madera, y había muchos clavos, pilas de clavos, tuercas de los rieles, entonces los muchachos agarraron esos clavos, tuercas, piedras y les aventaron a la policía y la policía no aventó con otra arma, nada más con lo que traen para defenderse.  Y los hicieron retroceder, los detuvieron un poco, no tuvieron miedo, se replegaron y aquellos muchachos quedaron contentos, eso fue unos cinco días después.

También, por su parte, Marcelo consiguió que hubiera unas pláticas con la gente del tricolor, ahí donde está la oficina de tránsito ahí estaba la biblioteca y ahí convinieron en algo. Me acuerdo que nos amanecimos hasta las seis o siete de la mañana, porque estaban personas de los tricolores, dos o tres de Marcelo, habían venido dos que habían sido diputados locales, también un señor de Celaya que en ese entonces era diputado local. Toda la noche estuvieron platicando y discutiendo. Y quedaron convencidos de que iba a haber otra campaña. Quedaron que iban a hacer más campaña, quedaron conformes pero ya le habían dicho a Doro que renunciara.

Además pusieron en la presidencia, por mientras, a un señor de Ranchito de Soria: Leopoldo Rubio. Y se llegó la nueva campaña y otra vez salimos a recorrer el municipio, pero ya la gente estaba más conforme porque al menos iba a haber otra elección. Se llevó la campaña, se hicieron las votaciones y al día siguiente no le sabían decir a la gente quién ganó. No nos podían decir que ya habíamos ganado, ni tampoco que Paco Ramírez había ganado. N no se sabía quién. Entonces quedaron que ya habíamos ganado nosotros.  Y la gente me preguntaba: "¿Pues con cuántos votos ganaste?" y yo les decía: "Miren, yo no sé nada de votos, yo supe que Marcelo recibió del Gobernador que el pueblo quería que yo fuera el presidente". Y eso fue todo pues el señor Isidro se conformó y Paco Ramírez también.

Cuando terminé mi trienio me regresé al Seguro Social, ya había estado yo en pláticas con el sindicato, me dijeron: "Cuando te retires de ahí de la presidencia repórtate al Seguro, a ver qué dicen".  Me reporté, trabajé en el Seguro dos meses y me dijeron "Ya el próximo 30 de marzo del 89, te separas, ya está todo arreglado". Me dijeron que ya y me vine, y al mes me empezaron a llegar  mis centavos, me llegó un poco de retroactivo y ya de esa forma seguí yo y todavía aquí estoy.

El Seguro, pienso yo, si fuera de una persona particular ya pensaría en que yo  estoy viviendo de más o que ya estoy ganando dinero de más. Pero como es cosa de gobernación no les molesta, aunque sí me piden que me reporte cada mes, pero últimamente me dijeron que ya no me reporte, me dijeron: "Ya sabemos que ahí estás".  Y ya tengo treinta y cinco años pensionado, más que lo que trabaje y pues ya me siento tranquilo. Yo le doy gracias a Dios que en primer lugar me ha dado larga vida, ya tengo noventa y cuatro años cumplidos y de esos noventa y cuatro años ya me siento un poco avanzado, pero todavía salgo; me fui a México tres días y hace unos quince días me fui a Celaya. Yo solo, en camión. Tomé un urbano y llegué al centro a buscar algo de un tocadiscos y me regresé.

Hasta la fecha hay señores que eran jóvenes en ese tiempo y todavía me hablan: "¿Qué no se acuerda cuando estábamos ahí en el borlote?, nosotros fuimos, nos da mucho gusto de que todavía lo vemos aquí". Yo salgo con mucha confianza porque mucha de la gente que fue de ese tiempo se acuerda, que sus hermanos o sus papás participaron y me preguntan: "¿Qué pasó con el gallito?" Púes ya desde que entró el sr Carlos Salinas le dio reconocimiento a las Iglesias, les explico. Yo trabajé un mes en el periodo de él.  Y ni me di cuenta de él y menos él de mí.

Pero sí todavía la gente me dice: "Yo anduve ahí con usted".  Hicimos el puente de la calle Juárez que cruza el arroyo, y la gente me decía: "No, don Pedro, déjelo así, nomás las camionetas de Paco Ramírez son las que pasan para allá". Yo, les decía: "Ya dijimos que vamos a hacer ese puente".

Hicimos el otro allá cerca de la presidencia nueva en la calle que entra para San Agustín, en el callejón de los Florencio.

El primer deseo, el primer gusto mío fue la banqueta que está en la paralela al mercadito que está enfrente de la gasolinera, esa banqueta se me ocurrió luego, luego mandarla hacer, porque no había central, era una oficina que está ahí donde está la ferretera y los camiones llegaban ahí, ahí bajaba la gente y me acuerdo que a mí también me tocó resbalarme, cuando llovía había lodo, estaba feo.  Eso fue lo primero que les dije a mis albañiles, traíamos albañiles que también eran galleros. Hicimos la banqueta, la tesorera dio para el cemento. 

De ahí se me ocurrió decirle a la tesorera: "Vamos a empedrar la calle que va al panteón", porque yo me acuerdo que los cuatro que iban cargando el féretro iban sacándole vueltas a los charcos.  Llegamos hasta la puerta del Panteón, ahí la calle estaba muy baja y la rellenamos mucho de tepetate. 

Pero a los tres años Doro mandó quitar ese empedrado y puso concreto, qué bueno, le puso un enlajado de cemento al panteón hasta adentro, lo segundo también se me ocurrió ponerle adoquín a la calle que hoy llega hasta la preparatoria Dr. Mora, no tenía nada, tenía lodo, le pusimos adoquín y para esto, ahora la última vez que estuvo Beto Méndez le puso concreto y quitó el adoquín, lo malo es que todo el adoquín se lo llevó para su rancho.
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Don Pedro Laguna Pérez

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El Dr. José de la Luz Mota Franco
De entre los muchos documentos compilados por el Profesor Plácido Santana, o que formaban parte de su quehacer cotidiano como cronista, encontré una serie de documentos redactados por la hija del Dr. José de la Luz Mota, personaje destacado en los años treinta y cuarenta del siglo XX, en Comonfort.  La forma en que su hija lo describe nos pintan a un personaje singular por muchos motivos y encomiable por varios más.

Singularmente ella, su hija, solicita a las autoridades que se asigne a una calle o plaza de nuestro municipio el nombre del Dr. Mota, a pesar de la extensa documentación y el vívido —y meritorio— retrato que hace de su padre, parece ser que la iniciativa no tuvo resultados positivos. De manera similar, la familia del Dr. Márquez Escobedo sugería se le asignara el nombre del Dr. Márquez a alguna clínica, pero tampoco hubo eco en dicha propuesta. Si me preguntaran a mí (pero evidentemente no me preguntan) aseguraría que los méritos de ambos son sobrados para ser honrados con semejante distinción. 

Transcribo la descripción que, del Dr. Mota, hace su hija, la Srta. Margarita Otilia Mota Macías, y la biografía correspondiente. Cabe mencionar que el día 5 de agosto de 2006 se rindió un homenaje al Dr. José de la Luz Mota en la sesión del cabildo del Municipio de Comonfort. Comparto la Invitación correspondiente y un par de fotografías que atestiguan dicha ceremonia.


Descripción de la obra y la personalidad del Dr. José de la Luz Mota

Entregó su vocación de médico con verdadera humanidad a los más pobres, saliendo a cualquier hora del día e inclusive de la noche a atenderlos, no importaba la lejanía y en condiciones infrahumanas ayudar a las parturientas de alto riesgo, en un petate en el suelo. Cientos de niños de su época vieron la luz del día con su intervención y muchos padres de ellos le pidieron apadrinarlos en su Bautismo. Tuvo casi un centenar de ahijados.

Esas mismas personas, campesinos, indígenas, son tan agradecidos que siempre le correspondían con obsequios en especie: frijol, tortillas, elotes, verduras, frutas y hasta corderos de leche para barbacoa.

Fue el promotor de la siembra y cultivo de durazno en toda la región, ya que se puso en contacto con los agricultores del Estado de Michoacán y Morelos para adquirir las plantas, que fueron distribuidas a todos los que estaban dispuestos a su cultivo. Comonfort fue un gran productor de dicha fruta en esos años y sus grandes cosechas fueron recolectadas por importantes empacadoras del país, dando así la oportunidad de mayores ingresos al Municipio.

Se organizaba anualmente el "Baile de la cosecha de durazno", con la aportación de recursos económicos de los agricultores, Club de Leones, Comité Cívico Municipal y el gobierno Municipal.

En una ocasión, salvó la vida de una señora con su hijo, que estuvieron a punto de ahogarse en el Lago de Chapultepec. El Dr. Mota, sin medir el peligro, se lanzó al agua con todo y traje para sacarlos.


Promovió, igualmente, las tradicionales fiestas de Noviembre como Feria de los Remedios, sus danzas autóctonas de reconocido prestigio, y los demás actos que los organizadores del santuario de la Virgen habían planeado durante el año para dar mayor realce a dichas festividades. En una ocasión , el Dr. Mota se encontraba admirando a un grupo de danzantes de San Francisco del Rincón, Gto., en una terraza de las terrazas del Santuario, cuando sucedió una terrible desgracia que llenó de luto las fiestas: un camión de pasajeros se atravesó en la vía del tren y al quedar horizontalmente fue arrastrando con todo lo que estaba a lo largo de la vía hasta los andenes del F.F.C.C., muriendo casi unas 40 personas y un centenar de heridos. El Dr. Mota corrió al lugar del accidente y estuvo organizando el traslado de muertos y heridos además de atenderlos en el Hospital Civil toda la noche.

Como médico, es reconocido su "ojo clínico" por todos los que lo conocieron y sobre todo por sus compañeros colegas. Generalmente nunca necesitó de radiografías, análisis de laboratorio, etc,, porque solo de observar y preguntar al enfermo sobre sus molestias, se percataba de su enfermedad y los curaba. La Oración Fúnebre que se dijo en su entierro, se refiere a ese prodigiosos "ojo clínico", como don de Dios.

Siempre acompañándole, su tía paterna doña Virginia Mota Méndez, quien se había convertido como en su madre, al quedar huérfano desde la edad de un año, haciéndole pie de casa en un pequeño departamento de la ciudad de México, donde también aceptaron a otro chamacuerense, más tarde reconocido médico, el Dr. Manuel Márquez Escobedo, sobrevivieron en la Capital esa dura época de la Revolución, saliendo diariamente a la Facultad de Medicina en medio de las balas del ejército y los liberales. Gracias a los consejos, ayuda en los estudios, etc., del Dr. Mota, el Dr. Márquez logró, más tarde, recibirse de médico un años más tarde de haberse titulado el Dr. Mota. El Dr. Márquez Escobedo logró ocupar la Dirección del Instituto Nacional de Enfermedades Tropicales.

Por su gran amor a México y su tierra, Comonfort, con gran entusiasmo dedicaba el tiempo libre de su profesión, a la organización de eventos culturales y sociales, conjuntamente con el Club de Leones local, algunos miembros destacados de la sociedad y del gobierno municipal, yales como: torneos deportivos con premios en efectivo, maratón, ciclismo, de montaña (colocaron una vadera nacional en lo alto del Cerro de los Remedios y el que lo escalara más rápido la bajaría para recibir el premio), bailes, kermeses, festivales artístico, grupos musicales, etc., sobre todo durante su periodo como Presidente Municipal y más tarde fundador del Comité Municipal Cívico del que también fue Presidente durante varios años y marcó una época de oro de Comonfort.

Como gran patriota, también procuró con entusiasmo y dedicación, investigar la historia de la fundación de Chamacuero, sus grandes personajes como el Dr. José María Luis Mora, el paso del General Ignacio Comonfort, su monumento en los linderos con Celaya, su Iglesia Parroquial, la autenticidad del poeta Margarito Ledesma y, así, visitaba el Archivo General de la Nación, libros de historia patria, consultaba a personas que podían proporcionarle algún dato importante, etc., pero siempre con la mente abierta y activa para dar a conocer lo que en ese entonces era desconocido para muchos coterráneos y nacionales.

Par estar actualizado en su profesión médica y estar al tanto de los nuevos avances, frecuentemente viajaba a la ciudad de México, exclusivamente para visitar la Facultad de Medicina de la UNAM y su biblioteca, así como también comprar libros y más libros en las diferentes casas editoriales, en inglés, francés y alemán, pues tenía una gran facilidad para los idiomas.

Falleció la madrugada del 24 de octubre después de haber celebrado con sus compañeros el "Día del Médico" en la ciudad de México, D.F. y fue trasladado a Comonfort, con la ayuda de don Melchor Ortega, ex Gobernador de Guanajuato, amigo y coterráneo y el Club de Leones, haciendo una escala en el entonces importante centro ferroviario de Empalme Escobedo, donde se le rindió homenaje en la Casa Redonda, con cambios de guardia y silbatos de todas las máquinas. Desde el entronque de Palmillas, en medio de una lluvia pertinaz, cientos de personas a la orilla de la carretera hasta Comonfort, siguieron el cortejo, demostrando así el cariño y la admiración que le tenía todo el pueblo, que lo acompañó al día siguiente hasta su tumba.


Está enterrado en la primera sección del Panteón Municipal, junto a la tumba de su querida tía Virginia Mota Méndez, " a perpetuidad" para que descanse en el "bendito pueblo que lo vio nacer", como menciona Margarito Ledesma en sus Poesías, y que repetía con gran orgullo  "…y no crean que por este sucedido le agarre algo de tirria a Chamacuero; aquí me puso Dios; aquí he vivido y aunque a muchos les pese, aquí me muero".


Biografía del Dr. José de la Luz Mota Franco

Nació en Chamacuero, hoy Comonfort, Estado de Guanajuato. el 15 de mayo de 1895 en la casa ubicada en la calle Arista s/n del Barrio de San Agustín.

Sus padres fueron don Pedro Mota y doña Bonifacia Franco, oriundos también de la misma población. Quedó huérfano de madre a la edad de un año, haciéndose cargo de él su tía paterna doña Virginia Mota Méndez.

Realizó sus estudios de primaria con maestros y maestras particulares.

La enseñanza secundaria y preparatoria las cursó en el Seminario Conciliar de la ciudad de Morelia, Michoacán, ya que en esa época los estudios superiores se concentraban en los Seminarios Diocesanos.

Con su tía y junto con otro amigo, coterráneo y de su misma edad, Manuel Márquez Escobedo, se trasladaron a la ciudad de México, D.F. para cursar los estudios de Medicina en la Universidad Nacional de México.

El 19 de enero de 1918, fue nombrado Practicante adjunto Sargento de la Sección Médica número 57 Séptima Demarcación del Ayuntamiento Provisional de la ciudad de México: Gobierno del General Álvaro Obregón.

El 17 de diciembre de 1918, ya nombrado Capitán Primero, el General Jefe del Departamento de Guerra y Marina lo cita para dilucidar sus estudios de Medicina y preparar su examen.

El 2 de enero de 1919, la Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra y Marina le informa sobre su baja en el puesto de Socorros en el puesto de Militarización y su Alta en disponibilidad.

El 21 de febrero de 1919, la Secretaría de Guerra y Marina, le solicita su Hoja de Servicios para la formación del escalafón del Cuerpo Médico Militar.

El 24 de septiembre de 1919 la Secretaría de Guerra y Marina le otorga su Alta como Jefe de la Sección Sanitaria del 42° Batallón de Línea, en Acámbaro, Gto. Su nombramiento dice: En atención a las virtudes cívicas, aptitudes y demás méritos del ciudadano José de la Luz Mota".

El 17 de marzo de 1920, la Secretaría de Guerra y Marina, le ordena hacerse cargo de la Sección Sanitaria del 15° Regimiento en Acámbaro, Gto.

Se recibió de Médico Cirujano el día 15 de julio de 1921. Título Profesional del 23 de julio de 1921, firmado por el insigne Maestro don José Vasconcelos.

De 1921 a 1922 siguió prestando sus servicios en la Secretaría de Guerra y Marina, para después dedicarse a la práctica médica en la ciudad de México, D.F.

El 10 de febrero de 1923 contrae matrimonio con la señorita María Concepción Macías Sánchez, hija de don Francisco Macías y doña María Sánchez, en el templo parroquial de la ciudad de Comonfort, Gto. Dicho matrimonio procreó cinco hijas y tuvo como primer domicilio la Plaza Principal #5 y en seguida la calle de Pípila #11.

Presidente Municipal de Comonfort, Gto. de 1932 a 1934, su fotografía se encuentra en la Galería destinada para exponer a cada uno de los Alcaldes de esa ciudad, dentro del mismo edificio de la Presidencia.

En  1935, es nombrado Médico Interino de los Ferrocarriles Nacionales de México, para la importante plaza y centro ferrocarrilero Empalme Escobedo, Gto., y nombrado Médico Residente en 1942, donde permaneció en el puesto hasta su muerte. Cabe destacar su profesionalimso, esmerada atención y humanitarismo, brindada a cada uno de los empleados y funcionarios de los Ferrocarriles.

En 1949, ya como Presidente Fundador del Comité Municipal Cívico, envió al H. Ayuntamiento una iniciativa para honrar la memoria del General Ignacio Comonfort y solicitó, además, la restauración de su monumento que se encontraba destruido, el 24 de octubre de 1949 y obtuvo respuesta el 27 del mismo mes y año por parte del Congreso del Estado de Puebla, de donde era oriundo el General Comonfort, para llevar a cabo dicha restauración. El 15 de noviembre de 1950. El C. Secretario General de Gobierno del Edo. De Guanajuato, envió un oficio al Director General de Obras Públicas, para insistir en la reconstrucción del monumento al General Ignacio Comonfort, ya que dicho monumento es propiedad del Gobierno de Guanajuato, erigido en 1874 por el General y Gobernador don Florencio Antillón.

El 2 de junio de 1950, el Presidente y Vicepresidente del Comité Municipal de Acción Cívica, Dr. José de la Luz Mota y Dr. Antonio Muñoz M. enviaron un oficio al Lic. Luis Garrido, Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, solicitándole un cuadro o busto del ilustre filósofo, educador y gloria del Colegio de San Idelfonso y de la Universidad, con motivo del homenaje que se le rendiría en el primer centenario de su muerte, el 14 de julio al coterráneo don José María Luis Mora. El 5 de julio de 1950 el Dr. Luis Garrido, Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, envía un telegrama ofreciendo el retrato de don José María Luis Mora.

El 25 de octubre de 1950, remitió oficio al C. Teniente Coronel Manuel H. Hernández G. Presidente del Cuerpo de Defensores de la República en Palacio Nacional (hoy Estado Mayor Presidencial), enviándole un trabajo histórico sobre el sacrificio del General I. Comonfort, insistiendo, una vez más en la reconstrucción de su Monumento en los linderos del Municipio, donde se lleve a cabo anualmente el 13 de noviembre un homenaje luctuoso, aparte del que se le rinda en la Rotonda de los Hombres Ilustres, en cuyo lugar se encuentra el insigne José María Luis Mora, cuyos restos fueron traídos de París, Francia, a iniciativa del Dr. José de la Luz Mota.


El 15 de noviembre de 1959, en oficio #7411 de la Secretaría General del Poder Ejecutivo de Guanajuato, se transcribe nota del Dr. José de la Luz Mota, al Ing. Alfonso Parás Chavero, Director General de Obras Públicas, informándole que dicha persona fue el primer promotor del homenaje a don José María Luis Mora, así como la iniciativa-solicitud a la Diputación Federal Guanajuatense, para trasladar sus restos y de grabar su nombre en el recinto de la Cámara de Diputados en México, D.F.

Murió a las 3 horas del día 24 de octubre de 1951 a la edad de 56 años, en el Hospital de la Cruz Roja Mexicana de la ciudad de México, y sus restos fueron trasladados a Comonfort, recibiendo varios homenajes luctuosos.



Espero, en posteriores ediciones de este espacio electrónico, complementar la información sobre el Doctor José de la Luz Mota, para la elaboración de este artículo localicé su fe de bautismo y su partida de nacimiento en el Registro Civil, ambos documentos mencionana el año de su nacimiento en 1993 en vez de 1995. No siendo relevantes estos datos, es conveniente la localización de estos documentos. Mucho más importante será si puedo localizar alguno de los escritos que el doctor Mota redactó sobre la historia de su pueblo y sus personajes, estos trabajos ya lo ubican como un auténtico cronista, antes de que a nadie se le ocurriera que tal título pudiera aplicarse a esta actividad.
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El Dr. José de la Luz Mota Franco
El Señor Cura Francisco Nambo Calderón
 
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El Profesor Maximiliano Juárez Galván
El profesor Maximiliano Juárez Galván nació en Comonfort, Gto., el 12 de octubre de 1944, su labor como profesor y, sobre todo, como promotor de instituciones educativas, lo hacen un referente de la docencia en nuestro municipio. Intercalo en este texto algunos de los reconocimientos que recibió por sus treinta años de servicio como docente (aunque dio clases durante treinta y siete años).

Su padre, el señor Francisco Juárez Frausto fue un diestro artesano textil, fabricaba cobijas de lana; el proceso empezaba desde la compra de la materia prima, para proceder a despojarla de impurezas, lavarla, cardarla, hasta llegar a la fabricación del hilo, de ahí pasaban al telar, donde don Francisco demostraba su habilidad.  A todos los integrantes de la familia, por pequeños que fueran, don Francisco les asignaba una tarea, incluso tenía cardas y otras herramientas en pequeño tamaño. Esto evidentemente tenía un valor mucho más formativo que productivo. Con el correr del tiempo no hubo un miembro de la familia que prosiguiera con la actividad, como dato relevante diremos que el enorme telar que se exhibe en el museo Casa Dr. Mora es el telar que utilizó el señor Francisco Juárez.

Como muchos comonforenses el profesor Maximiliano estudió en la escuela primaria Manuela Taboada y en la secundaria Dr. José María Luis Mora, poco después de terminar, cuando rondaba los diecinueve años  una maestra rural (la maestra Lupita, perdón por no conocer su apellido) le sugirió asistir con ella a la comunidad en donde laboraba como maestra, Maximiliano tenía tanto interés en ser maestro que no dudó en acompañarla y terminó dando clases, como maestro rural, en la comunidad de La Cuevita, municipio de Apaseo el Alto, Gto. Cabe decir que esta situación era muy común, ante la falta de escuelas normales, maestros y, sobre todo, maestros rurales, la SEP recurría a jóvenes o personas de las comunidades que supieran leer y escribir o, mejor aún, que hubieran terminado la educación primaria. Por lo general, nadie les ponía peros a sus maestros en las comunidades.

Por lo consiguiente, al ser un maestro que ya ejercía la docencia, formalizó sus estudios en el Instituto Federal de Capacitación del Magisterio, una instancia gubernamental creada para ese fin, obviamente no para que se titulara el maestro Max, sino para profesionalizar y completar la formación de los maestros que ya ejercían esta labor; el Instituto se creó en 1945, se dice que, en esos años, la mitad de los maestros del país estaban en esas circunstancias. Su título de maestro, expedido por el IFCM tiene fecha del 16 de septiembre de 1967.

Las actividades del IFCM estaban diseñadas para que los maestros no debieran interrumpir su labor docente mientras se capacitaban, por este motivo el maestro Max dio clases en la ciudad de León, en una escuela particular, durante cinco años, después recibió una plaza en la ciudad de Juventino Rosas, luego en San Miguel de Allende, para llegar a Comonfort, a ejercer la docencia, en el año de 1977.  De manera relativamente simultánea, realizó los estudios de Normal Superior en Tlaxcala, lo mismo que su hermano Joaquín; el maestro Max en historia y su hermano en matemáticas.  El título de Maestro en la Especialidad de Historia, le fue otorgado el 1 de diciembre de 1977.

Un poco antes, en 1972, fundó la "Escuela Secundaria Nocturna para Trabajadores Gral. Felipe Ángeles", que funcionaba en el edificio de Arista 33, edificio en donde, después de su vocación inicial de hospital, albergó una veintena de instituciones educativas, antes de convertirse, previa remodelación, en Casa de la Cultura.  Esta era una escuela "Por cooperación" es decir que los alumnos pagaban una cuota pequeña, casi simbólica, y los maestros recibían un pago menos que simbólico.  Pero como había la buena voluntad de unos por enseñar y la decisión de otros por aprender, la escuela funcionó varios años y permitió, a muchas personas, obtener su certificado de secundaria. Contra lo que pudiera pensarse varios de esos adultos siguieron estudiando hasta nivel licenciatura. Por esos mismos años, el maestro Max también daba clases en la preparatoria Dr. Mora, lo mismo que el maestro Joaquín Juárez.

Yo sé que parece no haber una secuencia lineal en las actividades del maestro Max, por lo mismo comparto, más adelante, su Curriculum Vitae, tanto en el aspecto académico como en el formativo, es decir los estudios que impartió y los que recibió, todos ellos forman un conjunto muy impresionante, propio de alguien con un inagotable deseo de aprender y de enesñar. Este documento me fue amablemente proporcionado por el profesor Joaquín Juárez Galván.

El maestro Max fue también conocido por su participación en cuestiones políticas del municipio, fue Secretario del Ayuntamiento en dos ocasiones, de 1980 a 1982 y de 1995 a 1997. Lo que más trascendió de su labor en la administración pública, adicional a las labores inherentes al cargo, fue la forma en que auxilió a muchas personas que le requirieron alguna ayuda, ya fuera en el marco de su labor como Secretario del Ayuntamiento o extendiendo sus funciones para apoyo de la gente del municipio.

Cuando se entra a la política, aún a nivel municipal, es muy difícil no generar animadversión en otras personas, incluso sin percatarse de ello. No le sucedió tal al profesor Max, tan es así que, con el paso del tiempo se le recuerda, y ha trascendido, mucho más por su labor como docente y promotor educativo, que por sus incursiones en la administración pública.
 
Entre los años 1984 a 1987 el maestro Max terminó su maestría en pedagogía en Querétaro, aunque su título lo tramitó hasta 1999 (así hay casos, como un servidor que tramitó su título diecinueve años después del examen recepcional). 

Unos años antes, en 1982 buscó la forma de crear una escuela Telesecundaria en Comonfort. No obstante que las telesecundarias fueron pensadas más para las comunidades que para las áreas urbanas, la telesecundaria José María Morelos de Comonfort, fue ubicada en el centro de la población, en parte porque la secundaria José María Luis Mora ya presentaba cierta saturación.

Esta telesecundaria funcionó varios años en el célebre edificio de Arista 33. Como se comprenderá, la población no tenía la misma confianza en una telesecundaria recién creada que en la añeja Secundaria doctor Mora. Para ser notoriamente congruente el maestro Max inscribió a sus tres hijos en esta secundaria, no al mismo tiempo, por supuesto sino cuando a cada uno le tocó cursar la segunda enseñanza.
Con el tiempo el maestro pasó a ser supervisor de Telesecundarias, primero en Comonfort y luego en San Miguel de Allende.  Como supervisor en Comonfort recorrió las comunidades y conoció mucha gente, ello le resultó muy útil cuando fue secretario de Ayuntamiento por segunda vez.  De manera recíproca, estando en dicho cargo pudo convencer al presidente municipal de aportar los recursos para la compra del terreno en el que actualmente se encuentra la Telesecundaria, en la calle Morelos.  Como la historia de esta telesecundaria en muy interesante, más abajo transcribo el testimonio del profesor Joaquín Juárez Galván sobre este tema.

Hacia 1984 creó la "Escuela de Trabajo Social con Bachillerato Bivalente Felipe Ángeles", una escuela "particular" que funcionaba cobrando una colegiatura mínima y pagando a sus maestros una remuneración también pequeña. Digamos que con el mismo espíritu y la misma noble intención que la secundaria nocturna. En esta escuela se obtenía un grado a nivel técnico que también permitía seguir estudiando en carreras afines. Esta escuela no funcionó en el edificio de Arista 33, sino en una casa particular en la calle Guadalupe Victoria. Se graduaron veintiséis generaciones en trabajo social y, como comprobación gozosa de que valía la pena su creación y funcionamiento, la mayoría de los alumnos pudieron ser contratados en instituciones gubernamentales, también una gran parte de los egresados continuaron sus estudios a nivel licenciatura.

En el año 2000, el profesor Maximiliano comenzó a estudiar el doctorado en la ciudad de Querétaro, pero era tan grande su interés por todas sus actividades, como pequeño el cuidado que prestaba a su propia salud, tan es así que sufrió un evento grave relacionado con problemas cardiacos y, lejos de procurarse todo el reposo que los médicos recomendaron, se obstinó en continuar sus labores, especialmente las relacionadas con su doctorado. Lamentablemente falleció en el año 2001.

Aunque él era quien realizaba todos los trámites de la escuela de Trabajo Social, en su relación con la SEP, no fue complicado para quienes le sustituyeron, dado que la escuela estaba muy bien organizada y todo funcionaba de la manera apropiada, sobre todo en la tramitación de los títulos que se otorgaban, lo cual era un proceso complejo.

Esta escuela, pese a la demanda de alumnos y el beneficio que representaba, debió terminar sus funciones por las exigencias combinadas que el IMSS y la Secretaría de Hacienda hicieron hacia 2008. Para los procedimientos de estas instituciones no importó ni el beneficio social ni la suma de buenas intenciones con que esta escuela funcionaba, así que en 2012 la escuela cesó sus actividades de manera definitiva, todavía debieron tramitarse varios títulos y no solo eso: la Secretaría les pidió expedir los títulos de escuelas afines a la de Trabajo Social que habían cerrado en otros municipios. De hecho, la Secretaría no quería que esta escuela cerrara, pero tampoco tenía modo de oponerse a las disposiciones del lMSS o la Secretaría de Hacienda.
Ni este texto, ni los elocuentes reconocimientos, ni el detallado Curriculum Vitae que el propio maestro Max redactó hacia el año 2000, pueden dar una idea de lo que su labor significó para muchas personas en el municipio, desde la motivación más elemental hacia los alumnos para que estudiaran, la creación de instancias educativas para jóvenes y adultos, hasta el auxilio a compañeros maestros para la obtención de un trabajo o una plaza. Su deseo de ayuda a los demás era tan grande como el desinterés con que lo hacía y eso es tan poco común que amerita tenerlo presente y no olvidarlo.

"Enseñar al que no sabe" no es solo un precpto bíblico, es una de las acciones más altas y nobles que puede realizar un ser humano.


A mí personalmente me consta que era un maestro sensible hacia la infancia, por ello debo contar mi pequeña anécdota, misma que incluyo, a manera de apéndice, más adelante, lo mismo el testimonio del maestro Joaquín Juárez sobre el actual edificio de la Telesecundaria José María Morelos.


Agradezco encarecidamente a la maestra Yolanda Torres y al maestro Joaquín Juárez toda la información que me proporcionaron sobre el maestro Maximiliano Juárez Galván. Transcribo unas líneas del testimonio de la maestra Yolanda:

"A mí me asombró, cuando falleció, que toda la gente de Comonfort vino y de veras lloraba conmovida por él. Si viera el cariño con que lo siguen recordando… mucha gente me ha dicho:  a mí me ayudó mucho para tener una plaza, me ayudó para que estudiara más. Se lo siguen agradeciendo tantos años después. Eso Dios se lo ha de tomar mucho en cuenta".

Testimonio del profesor Joaquín Juárez Galván, sobre la construcción del actual edificio de la Telesecundaria en la calle Morelos.

La historia de esta telesecundaria en la calle Morelos es muy interesante, porque Max estaba de Secretario de Ayuntamiento (la segunda vez) con Sergio Prado como presidente y lo convenció de que nos proporcionara el dinero para comprar un terreno.

Fuimos a ver al dueño; era un señor de aquí, que vivía en Chihuahua, le dijimos: "Tú eres de Comonfort, yo te conozco, tú me conoces, aquí convivíamos en la placita". Vivían por la Placita. Le dije: "Ayúdanos, es para una escuela, haz algo por tu municipio". Nos dijo: "Es que ya  lo tengo comprometido". "Deshaz el trato, es más importante que tú dejes algo, ni para ti ni para mí; para beneficio del pueblo, vas a dejar un precedente para muchas generaciones". Como mi hermano Max se fue de supervisor de telesecundarias, y yo me quedé de director, a mí me tocó hacer ese trámite. Pero gracias a Max, que estaba de Secretario, se dio el dinero, si no, ¿con qué? En ese tiempo el Gobierno Municipal nos dio ciento cincuenta mil pesos. Era un dineral, con eso amarramos el trato, nos lo dieron en ciento ochenta mil pesos, nada más que la entrada que tenía era por un callejoncito.

El callejoncito que ahora está tapado con una puerta de malla. Así trabajamos. Se empezó la construcción y se batalló mucho, porque la gente de Guanajuato quería que se construyera a dos aguas, como se construyen las telesecundarias. Sergio y otra vez Max se fueron a Guanajuato a ver al Secretario de Educación y lo convencieron de que nos dejara hacer el edificio en dos niveles, en dos plantas. Como sea lo convencieron y dio la autorización. Sergio dijo: "Yo tengo arquitectos en Comonfort que pueden hacer todo lo de abajo y ustedes vienen a supervisar". Así se hizo, quedó muy bien todo, la terracería, los cimientos, los muros. Se hizo la parte de arriba y ahí ya vino gente de allá, pero toda la parte de abajo se hizo en esa administración.
Ya no cabíamos en el actual edificio de la Casa de la Cultura, éramos como doce grupos, dábamos clase en los pasillos. Por esas fechas vino Vicente Fox, a la inauguración del CECYTEG y ahí vamos con todos los chiquillos, con pancartas y haciendo una "manifestación". Le dio gusto pero también le dio coraje, porque se estaba descuidando eso. Le dijo al Secretario: "Inmediatamente, a estos alumnos que no caben, búsqueles un lugar donde se pueda trabajar" Y aunque era muy habladorcillo, algo se quedaba de lo que ofrecía.

No fue tan fácil hacer la telesecundaria como está. Batallamos, hubo ocasiones en que los grupos que se iban formando y los maestros nuevos, tenían que dar clase debajo de un aguacate y se aguantaban unos y otros.

Como ya dije: a Max se le debe esa telesecundaria porque él fue el que convenció al presidente municipal. Nosotros no hubiéramos podido, si los treinta mil pesos que saldaban del terreno debimos trabajar con padres de familia… sacamos un préstamo a la Caja Popular y se estuvo pagando mucho tiempo. Iban a pagar ahí los padres de familia, hicimos reuniones y se pagaron los treinta mil, no sé si en dos años o algo así. Pero vimos un problema: la escuela estaba creciendo mucho, por ese callejoncito no cabían los muchachos. A la hora de la entrada como sea, llegaba graneados desde temprano, pero a la salida íbamos sacando: primero un grupo, luego otro y era muy difícil. Le compramos un terreno a una cuñada mía. Ese nos lo vendieron en ciento cincuenta mil pesos (casi lo que el terreno original). Yo les decía a los padres: "Hagan el trato ustedes con ella, es mi cuñada, pero no vayan a creer que yo estoy metido". Quedaron en ciento cincuenta mil y se pagó también, el dinero de ese momento era menos que el de antes. Del otro callejoncito un vecino dijo que era de él. Ya no le alegamos, que se lo quede, pensamos. Hace poco andaba en pleitos y quería que fuera de testigo. No. ¿Para que me meto en enemistades con la gente?

Antes no teníamos mucha demanda, no había mucha gente que quisiera hacer su secundaria en la tele. Antes íbamos a las comunidades a hacer promoción a las escuelas y ahora ya no hace falta hacer nada. Para mí era un problema doble porque yo trabajaba también en la Secundaria Dr. Mora, en la tarde, tenía una plaza ahí y era el director de acá. Algunos maestros me echaban grilla, les decía yo: "¿De qué se quejan?, ¿por qué no nos dedicamos a trabajar y el alumno y el padre de familia se va a sentir bien donde lo atendamos bien?, acá o allá". Pero se quejaban, que les quitábamos los alumnos, como si fuéramos a buscar a la gente a su casa. Antes bien, si corrían un alumno de allá, acá siempre los recibíamos. Y allá en la doctor Mora, había grupos de cincuenta alumnos desde hacía muchos años. Habían de tomar a bien que ahora sean de menos.

Pienso que a Max le daba mucho gusto ver ese crecimiento en la demanda hacia la Tele, y más le daría ver el prestigio que tiene hoy día y la gran opción que resulta para los muchachos, nos llegan alumnos que vienen de lugares donde sí hay Tele, pero se vienen para acá.



Imagen tomada de la propia página Facebook de la Telesecundaria



Esta es mi pequeña anécdota sobre el maestro Max:

Cuando cursaba la educación primaria, en la escuela Francisco Eduardo Tresguerras, era mucho más introvertido que hoy día, así que entre mi madre y la maestra María de Jesús Núñez, decidieron hacerme participar en cuánta actividad me pusiera frente a un público de alumnos o de adultos, así que participaba en todos los bailables que en mi salón se promovían, además recitaba dos o tres veces al año, según el calendario cívico.

El cinco de mayo de 1975 se realizó un acto cívico en el jardín principal, para conmemorar el centésimo décimo tercer aniversario de la Batalla de Puebla. Cuando los actos cívicos se realizaban en el jardín principal el kiosco servía como estrado. Yo tenía a mi cargo declamar una recitación alusiva a la histórica batalla, así que subí al kiosco pero, justo cuando iba a empezar, llegó un tipo de la administración municipal, con otro micrófono y lo colocó junto a un aparato de radio que, en esos momentos, transmitía el Himno Nacional, proveniente del acto cívico correspondiente que se realizaba en la ciudad de México. Más absurdo que la necesidad de redifundir el Himno Nacional que se cantaba tan lejos, me lo pareció el hecho de que quien coordinaba nuestro acto cívico no pudiera coordinar si primero subía el señor del radio, porque allá en la ciudad de México no lo iban a esperar, y después el niño de la recitación o si ellos solos debían dirimir el orden de sus participaciones. Debo haber estado pensando en todo esto porque luego de dos versos se me olvidó el poema que debía recitar, así que volví a empezar y me trabé en el cuarto verso, con lo cual no me quedó más opción que empezar otra vez, declamar completo el poema y bajar del estrado, con el ánimo bastante contraído.

Si participar en un evento ayuda a que un niño introvertido deje de serlo; participar y hacer un pequeño ridículo tienen el efecto contrario. Para cuando llegué a la casa mi madre ya se había puesto de acuerdo con mi maestra, así que, antes que yo considerara abandonar mi carrera forzada como declamador, me mandó con a la casa de la maestra para que me entregara la poesía que declamaría el diez de mayo, ya nada más en la escuela y sin posibilidad de que llegara, hasta nuestro festival del día de las madres, el sujeto del aparato de radio.

Pero en el domicilio de la maestra estaba, por algún otro motivo. el profesor Maximiliano y cuando me vio me dijo: "Tú fuiste el que declamaste hace rato, ¿verdad? Quiero felicitarte porque te quedaste e insististe hasta que te salió la declamación". 

Hoy sé que no merecía ninguna felicitación, pero aprecio desde entonces la sensibilidad del maestro Max para buscar un argumento que me levantara el ánimo porque, como él imaginó, me sentí mejor ese día a partir de sus palabras."

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Personas, personajes parte tres
El Profesor Maximiliano Juárez Galván